Atardecer en Daraa


Atardece en Daraa pero hace horas que la oscuridad enseñorea sus calles desiertas.
La útima pasada de los helicópteros lanzando barriles con dinamita y metralla sobre el barrio Oeste, ha provocado varios incendios que han levantado una densa humareda negra. Una nube irrespirable de humo tóxico y polvo que la brisa de levante esparce por el resto de la ciudad.
Samir está escondido entre las ruinas de su casa sin techo. Su madre y su hermana se han refugiado en una iglesia cristiana, pero él se niega a abandonar la casa de su padre. Su deber y su herencia.
Tiene sed pero ahora no puede salir, se oyen los motores de los viejos tanques reorientando sus torretas. Un proyectil corta el espeso aire de la calle con un zumbido antes de explotar con un estruendo paralizante en algun edificio cercano.  El temblor le levanta del suelo y la onda expansiva le devuelve violentamente contra su rincón de ladrillos agrietados.
Tiene mucha sed pero no debe moverse, es el turno de la infantería. Las botas retumban contra el pavimento cada vez más cerca y voces metálicas pronuncian sonidos incomprensibles.
Tiene sed pero no puede moverse, un miedo atenazante le encadena a su rincón, acurrucado entre los cascotes, no tiembla, no existe, apenas sueña con un tiro en la cabeza, con la fuente de agua cristalina, con un tajo rápido en el cuello.
No se oye nada, quizás ese rayo de luz que penetra por el agujero de obús en el muro, representa una señal de esperanza de paz, de vida. Solo el silencio y la sed.
Las aspas de un helicóptero de combate cortan el aire frío de la mañana como una guadaña implacable, como los élitros de un insecto mostruoso portador de dolor y de muerte salido del infierno.
 

Samir tiene mucha sed y deja su rincón, en busca de una fuente de agua cristalina.

guerra
Foto: recortesdeorientemedio.com

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Versió de 162 paraules per a http://palabraobligada.wordpress.com
Atardece en Daraa pero la oscuridad enseñorea sus calles desiertas.
Los helicópteros bombardean el barrio, una densa humareda cubre la ciudad.
Samir se esconde entre las ruinas, sus hermanas se refugian en una iglesia cristiana. Él no abandona su casa, su deber, su herencia.
Tiene sed pero no se mueve, chirrían las torretas de los tanques. Un proyectil corta el aire y explota muy cerca.  El temblor le levanta y la onda expansiva le escupe contra los cascotes.
Tiene sed pero está paralizado. Las botas retumban y oye voces metálicas incomprensibles.
Tiene sed pero el miedo le atenaza, acurrucado, sueña un tiro en la cabeza, una fuente de agua, un tajo en el cuello.
Silencio. Un rayo de luz atraviesa el muro por el agujero de obús, una esperanza de vida. Tiene sed.

Las aspas del helicóptero cortan el frío como una guadaña. Los élitros de un monstruo salido del infierno.

Samir tiene sed y sale a buscar un poco de agua.

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