Els enigmes

Estic fet un embolic, bo i el meu ordinador,
assegut rera el balcó, sentint com plou de gregal.
Palpentejo en la grisor del rúfol jorn inclement,
recluït en l’embriac d’argumentaris follims.
No trobo un raonament en text retroil•luminat,
que em respongui cap qüestió ni m’estimuli al debat,
només col•lapse dels mots i oblit dels fets essencials.

I mentrestant va plovent, incessant lubrificant
de malastruga fricció sinàptica-neuronal,
masturbança demencial amb un enigma fal•laç
que acaba esquitxant el vidre amb gotes interrogants.
Misteris que m’amoïnen més enllà de les pupil•les
destil•lant pantalla avall la digressió a cap discurs.

Un bri d’herba brotant d’un terròs eixut.
La noció del temps per a un nen enjugassat.
Un núvol de tempesta equinçat i buit.
El perfum de terra mullada abans que arribi la pluja.
Una muntanya blava retallant un foc encés.
La primera puput de febrer enmig del camí.

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avistadepajaros.wordpress.com
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Nada (a Timoteo Hernández Sánchez)

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Nada queda tras la lluvia
entre las baldosas frías,
ni las hojas ni las huellas
que acumularon los días
en el patio de la escuela.

Nada permanece igual
tras las ventanas abiertas,
cuando los turbios recuerdos
ha barrido de las aulas
la furia de la tormenta.

Nada recuerda tu paso,
ni se escucha ningún eco
por las salas en penumbra,
sólo el ulular del viento
entre rejas herrumbrosas.

Nada en los viejos jardines
cultivados por el tiempo,
pasea la mirada vacua
el ocre de los rastrojos
desde el camino asolado.

Nada, nada, nada,
nada de ti ni de nadie,
permanece entre estas ruinas,
y sólo un rayo de sol
ilumina mi memoria.

La tempesta truca a la finestra

La tempesta truca a la finestra,
m’ha vingut a buscar.

Em calçaré les sabatilles
i em vestiré de curt,
amb una armilla paravent
i una gorra amb visera
per a que la pluja no m’encegui
quan l’encararé amb els ulls ben oberts.

La tempesta truca a la finestra,
ja l’enyorava.

Em deixaré dur pels cops de vent,
sobre els bassals dels carrers
i respiraré les gotes d’aigua
amb cada partícula del meu cos,
entre els remolins desfermats
dels núvols arran de terra.

La tempesta truca a la finestra,
surto abans no amaini.

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joggingdad.com

 

La Finestra

Fumàvem, a la Finestra del carrer estret
i vèiem passar el trànsit de l’avinguda com els cristalls d’un calidoscopi.

La Finestra era una porta cap endins de cada vespre
i cada vespre decidia el seu propi destí i ens hi arrossegava,
exhalant poesia inesperada, que rebotava
contra les parets de les cases velles del carrer de la Parra.
Les músiques que ens basteixen, encara,
ens mantenien plantats o arrepenjats contra la façana,
plegant l’humitat de la nit, lo riu tant a prop.
L’hivern sempre és temperat al carrer estret.

Les veus son les lligasses que ens amarren a la barra de fusta, cremada,
o els rostres, sempre els mateixos o desconeguts,
o la birra, vessant escuma de converses de mots superposats,
o la fum, que és la boira entre les mirades tangents,
o el tornassol d’un tall de moixama amb oli,
o la pols que s’amuntega pels racons d’este petit poliedre infinit,
incubadora de plaers efímers que fèiem durar tant com podiem.

A la Finestra, vam robar al temps les últimes hores de llibertat
i vam somiar desperts les últimes utopies.

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Amapola Garrido en el Moto Bar

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Atardezco en el Moto Bar entre compases de rock’n’roll, el último sol dorado colándose por las cristaleras, empujado por los cromados de las Harley.
— ¡Hola Javier! ¿te acuerdas de mí? ¡que alegría verte!
— Tu cara no me dice nada.
Creo que acabo de romper el encanto de este encuentro. Ella sigue mirándome, como aturdida o embelesada y para que no se hunda definitivamente, le tiro un anzuelo sin carnaza.
— ¿Cómo te llamas? Quizás tu nombre me suene de algo, aunque lo dudo porque soy muy olvidadizo.
Pero tan pronto como empieza a largar, sus palabras quedan aplastadas por los acordes dulzones del “Priva Pepe” de los Freddy Nois.
Ella se da cuenta de que no la escucho y de un cabezazo, agita su larga melena negra y hace ondear el humo espeso del tabaco que nos envuelve.
— No quiero saber nada de tu pasado — le digo al oído — no vaya a ser que recuerde algo de lo que avergonzarme.
La cojo suavemente del brazo (es un tic que tengo y no consigo abandonar) y la acompaño hasta el único sofá libre, lejos del escenario. La suavidad del moaré de su jersey y la calidez de su axila, me producen un escalofrío. Una pareja está sentada al otro lado de la mesa y no nos quitan ojo, como si esperasen que les pidiéramos permiso para ponernos allí.
— Oye, lo siento pero me he sentado encima de tu sombrero.
— Supongo que habrá sido sin querer.
— Claro, claro.
Es una señal. Hoy el Moto Bar ya no da más de sí.
— Estoy harto de esta música ¿como has dicho que te llamas? bueno, da igual ¿nos vamos?
— No llevo casco.
— Ni yo tampoco, cogeremos un taxi.
El tráfico era fluído a esa hora. Ibamos arrebujados en el asiento mullido de escay de un Seat 1500 que apestaba a humo acre de Ducados.

Abrazados, le comía el lóbulo de la oreja y ví de reojo al taxista mirando por el retrovisor pero no dejé de hacerlo y noté que se relajaba completamente, como un pelele entre mis brazos. Había descubierto el interruptor de sus tensiones.
Con el contacto me vinieron las urgencias emocionales y sentí la necesidad de llamarla por el nombre, pero durante varios semáforos en verde de la Gran Vía no daba con la forma de averiguarlo sin herir sus sentimientos y hurgar en su bolso quedaba descartado porque el taxista no dejaba de mirar. Así que aprovechando la comida de oreja le pedí que volviera a susurrarme su nombre al oído. Esto pareció llevarla un grado más en la escala del placer y exhaló contra mi rostro, con un hálito de strawberry: –Amapola Garridooooooo.
Se me erizaron todos los pelos del cuerpo y entonces recordé a la muchacha esquiva que se sentaba al final de la clase, junto a la ventana y que se llevaba bien con todo el mundo pero nunca intimaba con nadie. ¡Cómo había cambiado! y entonces busqué su boca y la besé, con avidez, la misma que descubrí en su lengua arrolladora.
El chófer debía pasárselo en grande, porque despertamos de nuestro ensueño chocando contra el asiento de delante, con el chirrido estridente de las ruedas sobre el asfalto por el frenazo descomunal del taxi en el semáforo de la Plaza Tetuán.
Amapola abrió de sopetón la portezuela, gritando improperios contra el taxista y amenazándolo con querellas por homicidio frustrado y daños psicológicos, mientras me arrastraba tras de sí con la otra mano. Me sentí volar en aquel instante, cogido por las garras de una rapaz inmensa y bella que dominaba el cielo nocturno de Barcelona.
Paramos en una esquina, recuperando el resuello de la carrera con la espalda contra un muro. Amapola me taladró con una mirada diáfana. Se había transformado y transmitía una determinación muy alejada de aquellos ojos acuosos que me reflejaron en el Moto Bar.
El beso goloso, el simpa del taxi, los cuatrocientos obstáculos cogidos de la mano y esa mirada penetrante, delataban su verdadera personalidad y empezaba a gustarme, al tiempo que me dejaba arrastrar por esa dulce y ceporra sensación de subyugación del encoñamiento incipiente.
Su casa no estaba lejos, en el Passatge de Bocabella. Un piso grande en un pulcro edificio burgués de finales del XIX.
Tan pronto como se cerró la gran puerta labrada, nuestos cuerpos se enzarzaron como los sarmientos de una vid preñada de uva jugosa y así pasamos la noche, explorando todos los rincones de aquella viña fértil del “eixample”, embriagados de sexo.
Amanecimos en la cama, con la caricia del sol tamizado por las viejas persianas mallorquinas, que iluminaba con una luz cremosa los frescos del artesonado, querubines columpiándose entre parras y racimos.
Exhausto, ante un café con leche humeante y unas tostadas con mermelada de naranja, no podía dejar de sonreir y de mirarla. Nos cogimos las manos sobre la mesa y en la puntas de nuestras lenguas quedó trabada una pregunta: –¿Qué hacías en el Moto Bar?
Ahora tengo su teléfono y ella el mío. Quedamos en llamarnos para tomar un café cualquier día, pero de esto hace ya tres semanas. No importa, volveremos a encontrarnos porque somos almas gemelas.
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Excursió pel Port

L’aire és ple de boix humit i de molsa.
En les esquerdes de les roques,
duc amarada la teva olor.

Petjades feixugues als vessants de la mola
i esbarzers d’ungles deleroses,
m’esgarrapen l’esquena i els braços.

Taques daurades de faig i d’auró, al bosc de pi roig.
Ressonen les teves paraules
en les ombries del meu record.

Xipollejen les passes sense aturar-se
davant d’una font cristal•lina.
El teu riure se m’enganxa com el fang a les botes.

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Perspectives

Un badall d’avorriment, o és de gana?
talla la música, com un mos al pastís.

Viatge eteri cap a les profunditats
d’una perspectiva cavallera.

No és res personal, però el gust dels ous
ja no és com abans, serà pel panís?

Com d’aberrants són aquestes proporcions
i què a prop que sembla el punt de fuga!

Queda una mica de pasta fullada amb crema,
la vols, o me l’acabo jo?

Representació axonomètrica d’un plat
acurullat de paral•leles dolces i cruixents.

Mai recordo que no t’agrada la crema
ni m’espolso les molles dels pantalons.

Però les linies tendeixen a convergir
i ens tornem a allunyar del punt de vista.

Un gos emborna sense parar.
Pots tancar la finestra? gràcies.

Es projecta una perspectiva cònica,
obliqüa i aparentment infinita.

Ara només se sent l’espurnejar
de les bombolles de cava com s’esbraven a la copa.

Volàvem, agafats de la mà
i ens empetitiem plegats, en la distància.

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Louis Janmot, Poème de l’âme (16) : Le Vol de l’âme

 

La flor del cactus

El alba desgarra unos retazos de nubes lechosas que enturbian la sierra,
igual que los sueños opresivos se desvanecen un poco con la proximidad del día.
No es una vigilia, sino la duermevela de los insomnes, un vagar por los espacios
oníricos con los ojos abiertos.

Una flor de cactus se abre a la luz de la luna y esparce su perfume dulzón, como de puta vieja, por el pequeño jardín.
Todavía veo tu culo en mi mano y flota en mis neuronas el olor de tu coño anhelante, cuando estábamos sentados en la bancada de piedra de la plazoleta, hace apenas cinco minutos.

Se ha terminado el café, pero la taza aún está caliente encima de la mesita. No hay que dejarla enfriar hasta vaciar la cafetera, luego, la excitación enmascarará a la desidia.
Puede que hoy no salga el sol. Mejor. Será como llevar pegadas las sábanas y tu recuerdo, hasta que vuelva a verte, esta noche.

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foto de: Violeta de mil colores
flickr.com/photos/itafloress/5098055859/

 

Gènesi, de Sebastião Salgado

L’Antàrtida i els confins del sud
glacen les arquitectures interiors.
Vells marins dormen sobre roques de plom
i els visitants estàtics o errants,
semblen perduts entre les esquerdes d’una glacera.
Quants pingüins caben en un somni?
La negror dels sargassos
ha escampat el crepuscle per les sales.
Castells nivis vora els penyassegats,
naveguen mars procel•losos.

Als santuaris primigenis de la vida i de la mort,
els homes-déu fan sonar flautes de tíbies humanes,
aplaquen els esperits dels avantpassats
afamats de venjançes oblidades.
Les passes s’arrosseguen per la moqueta,
intimidades per l’esguard esquerp
d’iguanes de plata que habiten mars de mercuri.

A l’Àfrica, els antílops estripen el vellut de la sabana.
Cada angle de visió, torna una impressió canviant
dels contorns i de les formes.
L’home-animal ataülla la presa.
Les mans exploren volums en el buit,
com si apartessin els pàmpols d’una selva inextricable.
En una clariana entre els arbres,
la venus de caoba lluent, alleta un nadó,
alerta de qualsevol soroll entre les fulles.
Boira que és fum dels munts de fem de les vaques.
El lleopard mira a la càmara i l’aigua mira al lleopard.
Viatja el somni desert enllà, flotant sobre les dunes.

Les terres del nord ressonen de murmuris esvaïts.
Vertigen de l’horitzó entre els plafons.
Pastors de rens en transhumància sobre el blanc profund
mengen carn seca de ren, sota les mantes de llana de ren.
Beuen llet calenta de ren, dintre la iurta de pell de ren.
Rostres esquarterats pel fred i per la llum implacable del glaç infinit.
Avancem sense voler, perquè ens costar abandonar cada paradís.

L’Amazònia contra les parets grises.
L’home-vegetal enfilat a l’arbre del pa
s’ha mimetitzat entre els contrastos de les lianes.
Reflexos furtius als vidres
captiven la nuesa de les dones zo’é sobre les palmes,
la sensualitat de la noia que es pinta la pell,
la indolència de les dones banyant-se al torrent.
Un riu arrissat de caimans,
els seus ulls són espurnes de llum al capvespre tropical.
Dues cacatues volen en la dimensió dels somnis.

sebastiao
L’exposició, al CaixaFòrum,

Rose y el mar

Cada vegada que vaig a la costa, me retrobo amb lo paisatge domèstic de la badia, les salines, la Tancada i no puc evitar d’aturar-me un ratet, com si volgués dir-li alguna cosa o escoltar-lo, per si em parlava.
La mar de fora, avui embravida, amera lo Trabucador de bromeres i t’escarritxa la cara de sal i d’arena.
La mar de dins, sembla una bassa. La pontona domés se gira de popa, lentament, quan la vaig a retratar.
Comença a caure una pluja fina, hauré d’anar passant o acabaré xop i gelat.

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Rose y el mar.
Una barca se mece a lo lejos, en una deriva inmóvil, como un perro fiel que vagabundea siempre cerca de su casa.
La primera lluvia fina de otoño nos reúne bajo su velo vivificante, a la barca, a Rose, al perro y a mí. Pero tendré que salir de este ensueño y ponerme a pedalear, rápido, para que mis huesos empapados vuelvan a entrar en calor.