La porta tancada (a Amy Winehouse)

Amapola Garrido escomet un cop més la porta tancada i es torna a esberlar el cap contra el roure massís.

Back to black

Tatxonadures rovellades degoten coaguls on s’emmiralla la seva determinació. Són les úniques llàgrimes d’aquest flaixback repetit fins l’oix.

Back to black

Les grenyes ensangonades li oculten els badalls i les fissures del crani, finestres obertes per albirar móns més íntims i infinitament més porpra que els ocults en la negror darrere la porta tancada.

Back to black

Amapola Garrido sent com se li enclaven ben fondes les estelles de fusta i en el paroxisme es produeix el miracle de la resurrecció neuronal.

Back to black

És tan gran el delit, que envesteix novament amb el cap cot, ariet cornut helicoïdal, contra la porta tancada.

Back to black

Amapola Garrido no és Amy Winehouse, però té una retirada.

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Amapola Garrido y la orquestina caníbal

Los compases de un tango irreconocible rebotaban contra los muros de piedra. Ni siquiera el movimiento sincopado que imprimía su pareja de baile, conseguía liberarla del frío, en la oscuridad de la boîte. Se trataba de un sujeto de modales exquisitos pero su traje raído parecía una mortaja a juego con su cuerpo largo y huesudo y su piel cetrina. Amapola Garrido había aceptado su invitación, para no quedarse sola en la barra, expuesta al acercamiento de alguno de los monstruos que pululaban por el local o de los insectos que asomaban furtivamente entre las grietas. Algún destello de humedad en la bóveda revelaba el serpenteo de una gran escolopendra o la mirada ávida de una viuda negra. Quizás moviéndose tenía menos posibilidades de que le cayeran encima.

Tras una oxidada reja de hierro forjado, la orquestina tañía sus instrumentos con expresión ausente. Eran siete jóvenes de belleza decaída, sus cabellos lacios parecían cortados a cuchillo y solo destacaban sus labios de un rojo encendido sobre su tez pálida. Alguna de ellas permanecía encadenada por el tobillo a la piedra que le servía de asiento, otras mostraban costras en las marcas de argollas en sus muñecas. Amapola Garrido se preguntaba si el nombre de “La Orquestina Caníbal”, en letras de purpurina del deslucido cartel que colgaba de la reja, no sería una advertencia para no acercarse demasiado a los barrotes.

Repentinamente, cesó el ruido de los zapatos arrastrándose por el suelo y todas las miradas se dirigieron hacia la silueta de mujer recortada entre las pesadas cortinas de terciopelo del vestíbulo. Una figura esbelta de formas rotundas que avanzaba hacia el bar, contoneándose con su melena ondulada y cimbreando las caderas. La luz débil de las lamparitas en los veladores hacía titilear inquietantes sombras sobre las paredes y apenas iluminaba el rostro de aquel cuerpo magnífico, enfundado en unos leotardos que ceñían una vulva prominente. Amapola quedó embelesada pero su rubor la traicionó cuando sus miradas se encontraron y su corazón se aceleró de puro pánico. Notó las manos de su pareja de baile aferrándola por los brazos y su voz pastosa susurrándole al oído: — Desconfía de las mujeres con el coño demasiado simétrico.

Despertó cubierta de sudor en la cama deshecha. Era de noche cerrada pero se levantó y buscó refugio en el café y en un papel, para no volver a aquel tugurio inmundo.

El café se enfriaba en la taza mientras Amapola Garrido transcribía su sueño, vívido aún, en el reverso de una receta caducada. Cabezeaba y le costaba mantener los ojos abiertos y sólo los escalofríos que le producía rememorar aquella escena, la mantenían despierta. Mientras releía pesadamente lo que había escrito, sus párpados se cerraron y quedó atrapada de nuevo en su pesadilla, con la cabeza caída sobre el pecho, leves espasmos recorrían sus hombros y sus brazos, bajo la amarillenta bombilla de 40 watios de la mesita de noche.

El violín languidecía en la penumbra de la cueva con una melodia disonante que rasgaba delicadamente los oídos de Amapola Garrido. Era un suplicio placentero que la sumía en un estado de estupefacción entre las fuertes manos que la tenían inmovilizada desde atrás. En medio de su abandono percibió cómo se le acercaba lentamente aquella mujer y supo que la miraba fijamente, aunque desde unos ojos de córneas negras. Por su parte, Amapola no podía apartar la vista de la vulva tumefacta que se aproximaba hacia ella y resonaban en su cabeza las palabras del hombre que la sujetaba: “Desconfía de las mujeres con el coño demasiado simétrico”, pero se sentía atraída por aquella maravillosa flor, que en su desvarío se le apetecía palpitante.

Cuando sus cuerpos estuvieron tan cerca que se rozaron, la mujer le ofreció una copa de cristal  que bebió ávida, hasta que las gotas tibias se le derramaron por el cuello. La mujer le lamió el líquido espeso y Amapola, fundida de deseo y liberada del abrazo de su captor, consiguió llevar su mano hasta el profundo sumidero de placer que la reclamaba. Allí la recibió la suavidad de los labios carnosos y la calida densidad de los fluidos.

Mientras introducía los dedos entre aquellos intersticios, notaba como era succionada hacia las profundidades, hasta que toda su mano fue fagocitada por los jugos de aquella flor. Entonces notó que la aplastaba la fuerza de unos músculos poderosos que la dislocaban y como la abrasaba un dolor intenso de desgarro. El hombre que aún la sostenía por detrás, de un violento tirón le retiró el brazo atrapado, que en su extremo era una masa pulposa y sangrienta, ante la fría  sonrisa de la mujer carnívora.

Amapola despertó de nuevo, sudando entre las sábanas arrebujadas. Cuando miró azorada su mano, sólo vio entre los dedos la calidez de su propia humedad, brillando con la luz dorada del primer rayo de sol.

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Amapola Garrido en el Moto Bar

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Atardezco en el Moto Bar entre compases de rock’n’roll, el último sol dorado colándose por las cristaleras, empujado por los cromados de las Harley.
— ¡Hola Javier! ¿te acuerdas de mí? ¡que alegría verte!
— Tu cara no me dice nada.
Creo que acabo de romper el encanto de este encuentro. Ella sigue mirándome, como aturdida o embelesada y para que no se hunda definitivamente, le tiro un anzuelo sin carnaza.
— ¿Cómo te llamas? Quizás tu nombre me suene de algo, aunque lo dudo porque soy muy olvidadizo.
Pero tan pronto como empieza a largar, sus palabras quedan aplastadas por los acordes dulzones del “Priva Pepe” de los Freddy Nois.
Ella se da cuenta de que no la escucho y de un cabezazo, agita su larga melena negra y hace ondear el humo espeso del tabaco que nos envuelve.
— No quiero saber nada de tu pasado — le digo al oído — no vaya a ser que recuerde algo de lo que avergonzarme.
La cojo suavemente del brazo (es un tic que tengo y no consigo abandonar) y la acompaño hasta el único sofá libre, lejos del escenario. La suavidad del moaré de su jersey y la calidez de su axila, me producen un escalofrío. Una pareja está sentada al otro lado de la mesa y no nos quitan ojo, como si esperasen que les pidiéramos permiso para ponernos allí.
— Oye, lo siento pero me he sentado encima de tu sombrero.
— Supongo que habrá sido sin querer.
— Claro, claro.
Es una señal. Hoy el Moto Bar ya no da más de sí.
— Estoy harto de esta música ¿como has dicho que te llamas? bueno, da igual ¿nos vamos?
— No llevo casco.
— Ni yo tampoco, cogeremos un taxi.
El tráfico era fluído a esa hora. Ibamos arrebujados en el asiento mullido de escay de un Seat 1500 que apestaba a humo acre de Ducados.

Abrazados, le comía el lóbulo de la oreja y ví de reojo al taxista mirando por el retrovisor pero no dejé de hacerlo y noté que se relajaba completamente, como un pelele entre mis brazos. Había descubierto el interruptor de sus tensiones.
Con el contacto me vinieron las urgencias emocionales y sentí la necesidad de llamarla por el nombre, pero durante varios semáforos en verde de la Gran Vía no daba con la forma de averiguarlo sin herir sus sentimientos y hurgar en su bolso quedaba descartado porque el taxista no dejaba de mirar. Así que aprovechando la comida de oreja le pedí que volviera a susurrarme su nombre al oído. Esto pareció llevarla un grado más en la escala del placer y exhaló contra mi rostro, con un hálito de strawberry: –Amapola Garridooooooo.
Se me erizaron todos los pelos del cuerpo y entonces recordé a la muchacha esquiva que se sentaba al final de la clase, junto a la ventana y que se llevaba bien con todo el mundo pero nunca intimaba con nadie. ¡Cómo había cambiado! y entonces busqué su boca y la besé, con avidez, la misma que descubrí en su lengua arrolladora.
El chófer debía pasárselo en grande, porque despertamos de nuestro ensueño chocando contra el asiento de delante, con el chirrido estridente de las ruedas sobre el asfalto por el frenazo descomunal del taxi en el semáforo de la Plaza Tetuán.
Amapola abrió de sopetón la portezuela, gritando improperios contra el taxista y amenazándolo con querellas por homicidio frustrado y daños psicológicos, mientras me arrastraba tras de sí con la otra mano. Me sentí volar en aquel instante, cogido por las garras de una rapaz inmensa y bella que dominaba el cielo nocturno de Barcelona.
Paramos en una esquina, recuperando el resuello de la carrera con la espalda contra un muro. Amapola me taladró con una mirada diáfana. Se había transformado y transmitía una determinación muy alejada de aquellos ojos acuosos que me reflejaron en el Moto Bar.
El beso goloso, el simpa del taxi, los cuatrocientos obstáculos cogidos de la mano y esa mirada penetrante, delataban su verdadera personalidad y empezaba a gustarme, al tiempo que me dejaba arrastrar por esa dulce y ceporra sensación de subyugación del encoñamiento incipiente.
Su casa no estaba lejos, en el Passatge de Bocabella. Un piso grande en un pulcro edificio burgués de finales del XIX.
Tan pronto como se cerró la gran puerta labrada, nuestos cuerpos se enzarzaron como los sarmientos de una vid preñada de uva jugosa y así pasamos la noche, explorando todos los rincones de aquella viña fértil del “eixample”, embriagados de sexo.
Amanecimos en la cama, con la caricia del sol tamizado por las viejas persianas mallorquinas, que iluminaba con una luz cremosa los frescos del artesonado, querubines columpiándose entre parras y racimos.
Exhausto, ante un café con leche humeante y unas tostadas con mermelada de naranja, no podía dejar de sonreir y de mirarla. Nos cogimos las manos sobre la mesa y en la puntas de nuestras lenguas quedó trabada una pregunta: –¿Qué hacías en el Moto Bar?
Ahora tengo su teléfono y ella el mío. Quedamos en llamarnos para tomar un café cualquier día, pero de esto hace ya tres semanas. No importa, volveremos a encontrarnos porque somos almas gemelas.
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Amapola Garrido y el último soplapollas

Los dieciséis la habían pillado en el pueblo de su madre, en pleno verano. Amapola Garrido no conocía a nadie en aquel villorrio turolense y por eso se llevó de vacaciones al Sebas, un amiguete del instituto, con promesas inconcretas de paraísos bucólicos y libertinos.

El pueblo y su comarca eran un secarral. Sólo la orilla del río ofrecía algunas sombras, siempre codiciadadas por los vecinos, por lo que era inútil buscar allí ninguna intimidad, ni allí ni en ninguna parte. Era un pueblo grande, pero no lo suficiente para que una zagala de Barcelona pasara desapercibida al escrutinio de mozos y viejas.

Llevaban dos días en Favella y Sebas estaba impaciente por llevar sus manos y otros apéndices más allá de la superficie de los tejanos y la camiseta de Amapola. Ella le rechazaba dulcemente, porque la agobiaba la sensación de sentirse com un un bicho raro en el cristal del microscopio, pero tenía tantas o más ganas que él de darse un buen revolcón. Por eso decició que esa tarde irían de excursión a la ermita de San Tormento. Recordaba que en los alrededores había algunas casitas para los aperos de labranza abandonadas y seguro que en alguna de ellas, un rincón aceptable para desahogarse a gusto. A su madre le pareció una idea estupenda y les preparó unos bocadillos, que tuvieron que aceptar para no levantar sospechas.

De camino, su pulsión iba en aumento y cuando divisaron la primera casita enmedio de un campo de cereal segado, apretaron el paso, casi corriendo hasta allí. Se besaron atribuladamente tras la puerta desvencijada, se desabrocharon los pantalones y sus manos ávidas e inexpertas buscaron sus sexos húmedos, demasiado, porque cuando Amapola ya dirigía sus labios a la tranca enhiesta del Sebas, estalló en una fuente cálida y se marchitó como un gusano espachurrado.

Amapola se debatía entre el ardor, la rabia y el desconsuelo, mientras se secaba los churretes de la cara, reprimiendo una lágrima. ¡Jodido crío! No podía evitar odiarle en aquel momento, aunque sabía que era un sentimiento falso, porque era su mejor amigo y le quería en el alma. Sebas quedó compungido pero ni de lejos podía imaginar como se sentía su amiga y además, enseguida encontró remedio a su desazón en el bocadillo de mortadela. Siguieron caminando hasta la ermita sin dirigirse la palabra, aletargados bajo aquel sol apabullante, levantando polvo a cada paso, mecidos por el estridente ruido de las chicharras. Sólo el frescor de la nave vacía, ante el rostro socarrón del santo, le devolvió el temple y la perspectiva de las cosas. Le quedaban dos días en el pueblo y se había propuesto volver a Barcelona con un buen recuerdo.

Esa noche en la cena, su madre la miraba raro. O le notaba una extraña determinación o había leído en las lonchas de mortadela del bocadillo intacto. Después de cenar bajaron al pub, una taberna con ínfulas, donde se reunía la juventud del pueblo. Los watios que ahorraban en iluminación los derrochaban en heavy metal y lo que se podía ver, era un batiburrillo de pósters, calendarios y un cartel con los precios de la lonja de Alcañiz. Se sentaron con sus cubatas, algo cohibidos, en un rincón del local, pero enseguida se vieron rodeados de mozos que se presentaron, muy amables y les invitaron a unirse a ellos en las mesas de la terraza.

A la fresca de la plazoleta, había un grupo de chicas y chicos, riendo y charlando animadamente y al cabo de unos minutos, Amapola hubiera jurado conocerlos de toda la vida. Antes de despedirse, hacia la una y media, quedaron para ir al cine de Alcañiz al día siguiente, en el coche del Miguel.

Al final, fueron nueve en dos coches, pero sólo tres chicas y las otras dos, con sus parejas, iban en el otro coche. El renault 8 destartalado, pedorreaba a toda leche por las curvas sin arcén de aquel camino asfaltado, pero curiosamente no transmitía ninguna sensación de peligro a sus ocupantes, que se desternillaban de risa entre chistes malos y neblinas de tetrahidrocanabinol.

Llegados a la capital de la comarca, intentaron recomponerse en la medida de lo posible aunque sin poder disimular del todo la sonrisa que llevaban estampada en sus caretos. Entraron en la sala con la película empezada y ocuparon sus localidades al azar y a oscuras en el gallinero del viejo cine Avenida, donde todavía echaban dos películas los domingos por la tarde. Amapola seguía a una de las parejas y estaba segura de que Sebas la seguía a ella cuando se sentó.

Tarzán llamaba a grito pelado a una manada de elefantes, al tiempo que volaba sobre la jungla, taparrabos al viento, asido a un bejuco que nunca se rompía. En el asiento de al lado, un movimiento rítmico, acompasado de leves gemidos y chapoteos, distraía algo más que su atención. Cuando la mano se le posó en el muslo, casi grita del estremecimiento, pero se contuvo y con la suya buscó la liana dura y fibrosa que la había dejado con la miel en los labios el día anterior. En la oscuridad absoluta percibió un brillo fugaz y hacia él dirigió su boca ávida. Sus mandíbulas se tuvieron que esforzar para mantener aquel portento entre su lengua y su paladar sin dañarlo y perdió la noción del tiempo y de sus propios flujos hasta que se encontró tragando una considerable cantidad de batido de liana.

Chita, en brazos de una Jane de bandera, se despedía de alguien, agitando la manita. Las luces de la sala se encendieron para que el público pudiera ir al bar y al váter entre película y película. Se veían cabezas despeinadas y mucha gente arreglándose la ropa sin disimulo. Cuando Amapola se levantó para salir de la fila, vió a Sebas que ya empujaba la puerta batiente de la platea y entre ellos, el Tomás, el Jose y el Miguel, que iban saliendo de la fila de butacas. Por un momento se le desmoronó el mundo entero, pero sólo fue un segundo, hasta que aguantó la mirada de Miguel, con esa media sonrisa de triunfo y se la devolvió con un guiño de complicidad.

Ante una cocacola, se encontró con el melancólico Sebas, que le secó con un pañuelo, una gotita de la comisura de los labios. Este gesto le causó a Amapola una profunda lástima y se decidió a cambiar el escenario anímico entre ellos, deteriorado desde la tarde anterior. En la segunda sesión proyectaban el Séptimo sello y esta vez, Amapola se aseguró de que Sebas estuviera a su lado y entre las dos parejas, de manera que pudiera dedicarle las atenciones que accidentalmente le había dispensado a Miguel ante la envidia de Tarzán. Ahora su boca estaba entrenada y sin las urgencias de la primera vez, le proporcionó una felación dulce y de largo metraje, que Sebas disfrutó en toda su intensidad hasta derramarse en la garganta de su amiga. Luego, ante la fija mirada de la muerte ajedrecista, se dieron un largo beso que cicatrizó todos sus rasguños.

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A la vuelta, Sebas se sentó delante junto a Miguel y Amapola, se metió atrás entre Tomás y Jose. Algo debió explicarles Miguel, porque sus miradas convergían en ella con un brillo delirante. Amapola, que tras la doble sesión había acumulado muchas tensiones, no opuso ningún inconveniente a que ambos zagales, la follasen entre las estrecheces del renault 8, sobre el escay pegajoso y dándose bandazos y cabezazos por culpa de los baches. Una auténtica liberación, que Miguelón iba siguiendo, divertido y Sebas, atormentado, intentaba rechazar de su mente.

Amapola se despidió de ellos hasta mañana, con una gran sonrisa satisfecha. Pero en su fuero interno sabía que nunca más volvería a poner los pies en Favella y sobre todo, que había perdido a un amigo, el último que tuvo jamás.

Migdiada d’Amapola Garrido

El raig de llum estroboscòpica que entra per l’escletxa del finestró, dóna una il•lusió de moviment a l’escena difusa, cada dos minuts, quan passa el tren metropolità a cinc metres de la finestra i agita les mol.lècules d’olor i la pols de l’habitació.
Dorms narcotitzada pels teus propis efluvis de flors subtropicals, sobre un llençol massa rebregat, mentre Jack Daniel’s vetlla el teu son des de la tauleta.
Fa una calor opressiva en aquesta tèrbola cambra d’hotel.
Se’m dilaten tots els porus, plantat enmig d’aquest presbiteri de rituals ocults.
Oficio en silenci vora l’altar fins que els fluïds sobreixen el broc de l’enteniment.

migdiada
revistareplicante.com

 

Amapola Garrido y el mejillón impasible

Amapola Garrido leía una novela en la pequeña terraza frente al mar de su habitación en el Hotel Juanillo, en Benifotem, un pueblecito de costa en el sur del sur de Cataluña. Desde que tenía uso de razón había pasado sus  vacaciones en ese hotel. Cuando era pequeña, con sus padres y su hermana; de mayor, ella sola. Para los dueños y parte del personal de la casa, era como de la familia. Ella ya no tenía familia, pero seguía yendo un mes todos los veranos, como una angula que cruza el océano desde el Caribe hasta el Delta del Ebro, como si llevara el track escrito en el código genético. Aquí leía, escribía y daba largos paseos o se pasaba el día zanganeando en la  playa. Alguna noche bajaba a la discoteca del hotel, una boîte muy cuca y decadente, con aires setenteros, donde el “hereu” de can Juanillo, un hippie sesentón, pinchaba los mismos discos desde hacía cuarenta años.

El levante suave del atardecer mecía sus mechones y no se concentraba en la lectura, pero no por el aire, sino al recordar los acontecimientos que había vivido los últimos días.
El viernes por la noche, mientras saboreaba en la barra de la boîte, el gimlet que Ximo el camarero preparaba como los ángeles, dejándose mecer por las luces de colores y el Have you ever seen the rain? de los Creedence Clearwater Revival, entraron en tropel un grupo de lo que parecían pijos en la  cuarentena eufórica y divertida. Con ellos llegaron algunas parejas de más edad, todos impecablemente vestidos con ropa sport muy cara. No era la clientela habitual de la discoteca, chicos y chicas del hotel o de la colonia turística de Benifotem, en su mayor parte franceses, belgas y holandeses. Aquellos eran un grupo cohesionado, del país, no, de la capital del país, o sea, del “rovell de l’ou” del país. Eso sí, bailaron y bebieron a destajo, lo cual desarmó cualquier prevención que Amapola Garrido pudiera haberse  formado sobre ellos en una primera impresión. Y ella también bailó y rió a gusto con las bromas de aquellos tipos. No eran unos pipiolos, aunque lo parecían. Especialmente con el Narcís, sin duda el más guapo y ocurrente de todos ellos, se dejó llevar por el amargo dulzor del gimlet y acabó besándose con él como una adolescente, en un rincón de los sofás de terciopelo.
Cuando despertó a la mañana siguiente en su habitación, la cama deshecha y la ropa por el suelo, el tipo ya había desaparecido, pero encontró un billete de cien euros sobre la mesilla de noche. ¡El muy imbécil la había tomado por una puta! –Tanto mejor –pensó, así no habría lugar a confusiones sobre implicaciones emocionales en el asunto.
Al mediodía se enteró de que toda aquella gente estaban en el hotel en una especie de congreso, escuela de verano, lo llamaban, de “Munió Catòlica Democràtica de Catalunya”, un partido político que a Amapola Garrido le parecía más un hatajo de meapilas ricachones con ínfulas de salvapatrias que políticos con una ideología que defender.
Pasaron el día en conferencias, reuniones y mesas redondas, preparando el acto central del fin de semana, a saber, la misa que celebraría el domingo en la iglesia del pueblo, mosén Bailarín, un cura muy mediático, en apoyo del injustamente denostado expresidente, el honorable Jordi Punyol, pillado una vez más en renuncio, pero esta vez sin un buen paraguas de pastor castellano para capear el temporal. Personaje muy incómodo y hasta potencialmente peligroso para las élites defraudadoras y corruptas, entre las que se encuentra, Punyol conoce al dedillo los entresijos y los nombres de las cloacas del país.
Esa noche en su habitación, Amapola Garrido intentaba escribir unos versos sobre el reverso del resguardo de la lavandería, pero las voces de la habitación contigua no le dejaban concentrarse.
Se trataba de Narcís y sus amigos, todos cerca de la cincuentena, en una reunión de las juventudes del partido, de las cuales él era el secretario general. Al parecer, discutían acaloradamente algún aspecto de la paella que al día siguiente ofrecerían al expresidente, tras la misa de desagravio.
Su  exaltación iba en aumento a medida que el carrito de las bebidas trajinaba por la moqueta del pasillo en un puente aéreo constante. Harta de tanto guirigay, salió decidida a quejarse y se encontró de bruces con Ximo el camarero, que empujaba trabajosamente el carrito titilante cargado de valiosas botellas de ginebra, copas de balón y todos los adminículos para preparar gintonics principescos. Sus miradas se cruzaron el instante imprescindible para que Ximo le preparara un excelente combinado de Hendrick’s con Fentimans con el que volvió resignada a su habitación. Se sentó en su pequeña terraza frente al mar, con los pies sobre la barandilla, intentando que el reflejo de la luna sobre el agua de la bahía y la luz verdosa de su gintonic disiparan las voces estridentes de sus vecinos.
Pero a su pesar, no pudo evitar escuchar toda la conversación, hasta el punto de ponérsele la piel de gallina, no tanto por el contenido de la misma sino por la estulticia de Narcís y sus secuaces.
–Ya os he dicho que viene de arriba. Están acojonados con que pueda cantar como un ruiseñor y tire de la alfombra o levante la manta o lo que sea y les deje a todos con el culo al aire. Me lo transmitió Titín, el primo de Cuquín, en Llavaneras, la Fundación está detrás y Su eminencia lo bendice.
–¿Pero cómo haremos para cargarle el muerto a los perroflautas indepes?
–Lo he estado pensando y es demasiado complicado, bastará con que parezca un accidente. Sólo tenemos que conseguir que se ponga enfermo y ellos se encargarán del resto.
–¡Pero si tiene una salud de hierro y está protegido por todas las vírgenes del país!
–Eso no será un problema –Un silencio –Con este mejillón adulterado que me dió Titín y que mañana terminará en su plato – Exclamaciones de admiración.
–¿Y quién…? –Tengo comprado al camarero, el tal Ximo, que servirá la paella y por si las moscas, para cubrirnos todos las espaldas, “ellos” le reservan el mismo destino que al honorable.
El gintonic hacía rato que se había evaporado de su copa y al oír el tintineo del carrito en el pasillo, volvió a salir, esta vez decidida a agenciarse provisiones para toda la noche. Ximo advirtió cierta urgencia en la actitud de Amapola y antes de que ella reaccionase, se ofreció a prepararle otro combinado. Amapola cogió a Ximo de la solapa de su smoking y lo arrastró tras ella a su habitación y fueron alternando gintonics y sexo hasta la madrugada.
Cuando despertó a media mañana, no tenía resaca de ninguna clase y bajó a darse un chapuzón a la playa del hotel. La conjura que había conocido la noche anterior se la traía floja, ya que Punyol no le despertaba la más mínima compasión y si Ximo era tan estúpido para meterse en ese berenjenal, tenía ganado a pulso lo que pudiera pasarle. Pero una sombra de inquietud cubría estas reflexiones. Si este complot salía adelante, el Hotel Juanillo y sus propietarios se verían irremediablemente envueltos en un escándalo que perjudicaría gravemente el negocio, eso si no tenían que acabar cerrando el establecimiento y esa sola idea se le representaba como si la tragara la arena blanda del fondo marino. No lo podía consentir, tenía que actuar.
Tras ducharse y vestirse para el almuerzo, bajó a la terraza a tiempo para encontrarse con los congresistas que volvían de misa, esta vez  ya con Punyol y su señora, el cura Bailarín y el mondo presidente de la MCDC, José Antonio Vandur i Llerda, precedidos por las juventudes del partido, los rostros abotargados ocultos por unas grandes gafas de sol de pasta negras de una marca americana. Las sesenta y pico personas de la comitiva ocuparon la terraza dónde ya estaban preparados los veladores con canapés y los camareros con sus bandejas, alineados y dispuestos a servir el aperitivo de bienvenida entre los asistentes.
Amapola Garrido se mantuvo alejada del mogollón en un rincón de la terraza y esperó un tiempo prudencial para echarle una mirada calculada y cargada de intención a Ximo, que se le acercó enseguida. Ella le propuso algo que sabía que Ximo no rechazaría y en cuanto él abandonó la terraza, ella lo siguió a una distancia prudencial. Se encontraron frente a su habitación y entraron furtivamente. Sobre la mesa había dos copas preparadas para sendos medios gintonics con lo que había sobrado de la noche anterior. Pero una de ellas contenía, además de la ginebra y el pepino, medio envase de Evacuol. Preparó los dos medios y se los trincaron con ansia, pues Amapola ya estaba hurgando con la mano libre en la bragueta del camarero y en cuanto liberó la polla tumefacta se la comió con avidez, esperando que los efectos del gintonic no fueran inmediatos. Mientras felaba, desde la terraza llegaba a sus oídos el “cant de la senyera”, señal inequívoca de que el aperitivo tocaba a su fin y debía liberar a Ximo  de inmediato.
El gran comedor del Hotel Juanillo, las paredes repletas de cuadros marineros de dudoso gusto, había sido preparado con cuatro mesas largas, en el centro de la primera estaban sentados el ceñudo expresidente Punyol, con su sonriente señora Maika Ferrusova a su izquierda, mosén Bailarín con aire disperso al lado de esta y a la derecha del desagraviado, el presidente de la MCDC, el lampiño y circunspecto Vandur.
En un ala del comedor estaban las mesas del resto de huéspedes del hotel y desde la suya, Amapola Garrido comprobó aliviada que Ximo no se encontraba entre el turno que cubría aquel servicio.
Se sirvieron las generosas raciones de paella marinera, entre los elogios de la concurrencia a la magnífica obra del chef y se sobreponían los cometarios sobre la indudable primacía de la paella catalana sobre la de otros orígenes geográficos y otras gilipolleces por el estilo. Algún presunto historiador propuso un brindis indescifrable antes de empezar, los ánimos ya estaban caldeados por el aperitivo y los cantos patrióticos. Al honorable carcamal se le cayó una lagrimita ante la mirada abiertamente despreciativa de Vandur. El astroso cura le tendió un enorme pañuelo muy sonado para que se la secase, lo que provocó una indisimulada mueca de asco en la Ferrusova. Una escena conmovedora que hizo prorrumpir en aplausos y vivas a los comensales.
Liquidada la paella, en los platos de las desconcertadas juventudes del partido ante la ausencia de su cómplice ejecutor, permanecieron intactos los mejillones en sus conchas. Este detalle no pasó desapercibido al ojo sagaz del presidente de su partido, bajo cuya epidermis craneal diríase apreciarse un disco duro a todo girar, al tiempo que adquiría un tono carmesí.
Y llegó la apoteosis con la entrada del inmenso pastel rectangular, cubierto de yema quemada con cuatro tiras de gelatina roja, encabezado por una estrella blanca de mantequilla sobre un fondo azul pitufo azucarado. La concurrencia levantada en un aplauso estruendoso pugnaba por fotografiar con sus móviles tamaña alegoría patria y no se sentaron hasta que las botellas de cava Freissener brut nature se alinearon sobre las mesas. ¡Pop! ¡pop! ¡pop! el espumoso ya corría a raudales cuando a alguien se le ocurrió comentar en voz alta la desafección del tal Freissener a la causa soberanista. Bastó una frase lapidaria, que sonó como un oráculo, para acallar cualquier objeción al respecto: –“cof! cof! això ara no toca! ara més que mai, tots sóm de casa!” – Aplausos y más brindis.
Armado de la Tizona del Cid Campeador, el anciano homenajeado se mostraba indeciso ante la tarta a la que debía dar el tajo de honor. Si le daba un corte longitudinal, el resultado serían dos banderas españolas, si la partía de través podría parecer que separaba el país en dos mitades, ¿qué dos mitades? Percibiendo sus tribulaciones, la Ferrusova le cogió el mandoble de las manos, tan hábilmente que pareció como si él mismo se lo hubiera cedido y procedió con decisión a cortar una cuña de la parte azul y blanca, de algo más del tres por ciento del pastel. Una ovación cerrada llenó el salón. Todos en pie, de los pechos trémulos y las papadas ondulantes surgió al unísono el “cant dels segadors”.
Sólo Punyol se dió cuenta de que Vandur permanecía sentado a su lado, ya que ahora estaban al mismo nivel y estó le causó una satisfacción pasajera. De repente, el calvo se levantó como una exhalación, lívido y hierático como un palo y cuando parecía que iba a arrancarse por segadoras, de su boca salió un chorro de paella sin digerir entre espumas de Freissener que dejó el rojigualda de la tarta, moteado de verde guisante y negro cebolla caramelizada.  Del mismo impulso se desplomó hacia atrás, quedando en el suelo como un ecce homo, los brazos en cruz. Enseguida la brillante i gastada sotana de mosén Bailarín se plantó de un salto a su lado y a falta de otros óleos procedió a administrarle la extremaunción a base de sahumerios de su puro Montecristo. Los comentarios se sucedían –Demasiado vino –La edad no perdona –Muchas emociones para un solo día –Quizás es un virus, he oído que un camarero está igual. Alguien que dijo ser médico, comprobó que sólo se trataba de una probable intoxicación gatrointestinal.
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El expresidente Punyol estaba visiblemente inquieto y su señora dispuso una evacuación de emergencia. En un plis plas estaban rodeados de cuatro guardaespaldas que les escoltaron hasta el coche blindado y desaparecieron de escena. El salón quedó vacío en menos de un minuto y los siguientes fueron un no parar de maletas hacia los coches y derrapes de las enormes ruedas sobre la gravilla del aparcamiento en una huida precipitada.
Amapola Garrido lo vió mientras saboreaba el café desde su rincón en el el gran comedor del Hotel Juanillo e intercambió una mirada de mutuo desprecio con un pequeño mejillón azul mahón, impasible el ademán, sobre el malogrado pastel.

Vida de Amapola Garrido

Amapola Garrido no estaba loca. Puede que un poco zumbada, pero loca no. No más que cualquier zumbado en esta esquizofrénica ciudad amable y traidora que es Barcelona.
Amapola Garrido trabajaba de conserje en una oficina municipal y no tenía amigos y si alguna vez había tenido le habían durado poco.
Amapola Garrido no era friki, pero observava su entorno y con los datos que seleccionaba amasaba un bolo que luego fermentaba exuberante entre sus neuronas decoloradas.
Amapola Garrido rondaba la cuarentena y era flaca. No era fea pero sus arrugas y su pelo lacio y deshilachado estorbaban bastante a su escasa hermosura. Vestía pizpireta y toda su ropa, que compraba en el Carrefour, sobre sus huesos adquiría una gracia que desconcertaba a sus compañeras de trabajo.
Amapola Garrido salía a desayunar a media mañana sus 20 minutos de convenio. En el bar de la esquina siempre se sentaba a la misma mesa y si estaba ocupada, se largaba contrariada a dar vueltas a la manzana hasta que Jacinto el del bar conseguía desalojar la mesa. No es que la apreciara lo más mínimo, en 12 años no habían intercambiado más que tres palabras “un, café, euro” porque si Jacinto había pronunciado otras, no obtuvieron respuesta, pero un cliente es un cliente y cuesta más conservar a uno que conseguir uno nuevo, de modo que según este oxidado principio comercial, más de una vez que no había estado al quite, el hombre había tenido que rogar compungido a algún cliente que trasladara su bocadillo de tortilla a la francesa y anchoas, su vaso, el vino y el sifón y toda su impedimenta a otra mesa, para que Su clienta pudiera tomarse su café, sin azúcar, aunque como secreta venganza Jacinto no hubiera dejado de ponerle siempre el sobrecito en el platillo.
Amapola Garrido hojeaba la prensa con evidente desinterés, que con su aire ausente, daba la impresión que pasaba las hojas del diario más para darse aire que para cambiar de página y al final, tomaba de un sorbo el café, se acercaba a la barra y con un leve arqueo de sus labios finos y resecos hacia Jacinto, que este tomaba invariablemente por un cuánto es, dejaba la moneda de a euro delicadamente sobre el mármol al tiempo que el otro pronunciaba su frase en ese teatro del absurdo: “un euro”.
Amapola Garrido era cumplidora en el trabajo. Siempre dispuesta a echar una mano si ello no sobresalía del horario laboral o se adentraba en su vida privada y era correcta y hasta amable con los usuarios que a menudo le preguntaban chorradas y obviedades. Pero nadie en la delegación sabía de ella nada más que su nombre y apellido pues nunca había confraternizado ni participaba de cenas ni eventos paralaborales. Su tiempo era demasiado valioso para desperdiciarlo con esos cenutrios, aunque no le hubiera importado tener un aparte con alguna de ellas o alguno de ellos, pero cuando se juntaban parecía como si sus gilipolleces convergieran en un nodo grupal, una estulticia común identitaria que la rechazaba a ella como un deflector antiprotones del crucero estelar Enterprise.
Amapola Garrido vivía en un piso antiguo de altos techos en el anodino “eixample” barcelonés. Conocía a casi todo el vecindario y tenía buen rollo con todo el mundo y hasta cierta relación con su vecina de rellano y su perrita Haruki a la que no le había importado tener en alguna ocasión en su casa si la vecina se lo pedía, aunque ello desbaratara sus planes. Se llevaban bien. Haruki y Amapola se entendían a la perfección y la perra adoraba aquellos ratos junto al balcón en que Amapola le recitaba sus poemas y apreciaba con la mirada perdida en los desconchados de las contraventanas las inflexiones de su voz de pito y la irregular profundidad de sus sentimientos. Entonces Haruki salía al balcón y llenaba sus pequeños pulmones de CO2 mientras reflexionaba sobre el valor de la amistad y qué habría dado de cuanto le pertenecía para poder expresarse como su amiga.
Amapola Garrido escribía poesías y algunos relatos que atiborraban varias carpetas de esas viejas de cartón marrón o azules, con las gomas pasadas forradas de tela, que se desintegraban al tacto, en roñas o en polvillo, según el sudor de las manos que las trajinasen. Porque Amapola Garrido escribía sobre cualquier papel que tuviera a mano y eso no condicionaba para nada su obra. Narraciones fantásticas sobre una receta de la Seguridad Social, góticos versos de amor en el ticket del super, sesudas elucubraciones sociales en papel higiénico. Tal era su determinación y la abstracción de que era capaz si estaba en vena creadora. Y todo ello atesorado sin ningún orden reconocible en aquellos cartapacios. Pero Amapola Garrido, en su peculiar idiosincrasia, no era una persona absolutamente aislada y no siendo nada expansiva, sentía la pulsión de ofrecer a la mirada ajena sus vergüenzas literarias, más allá de los ojos acuosos de la perra de la vecina. Y había descubierto como hacerlo sin exponer su identidad al escrutinio general.
Amapola Garrido era asidua al Media Markt, aunque toda su relación con la electrónica de consumo era un baqueteado movil de primera generación que solo servía para hablar, con alguien claro, gastado de tanto andar dándose viajes contra las llaves dentro del bolso y un bonito equipo de música compacto con muchos botones que nunca habían sido pulsados, salvo el de on/off i la ruedecita del volumen, porque Amapola Garrido encendía la radio de vez en cuando, y no es que la escuchara, aunque la oía, porque de haberlo hecho seguramente la habría apagado al instante.
Iba al Media Markt con el secreto propósito de escribir, pero no para sus adentros, sino para sus afueras, exorcisando sus misterios en las memorias de las tablets de exposición que se alineaban en unos largos pupitres al fondo del establecimiento. Las descubrió hace un año, cuando fue a por pilas para el despertador y se entretuvo dando una vuelta por los pasillos abigarrados de objetos indescifrables. Cuando las vió, se quedó pasmada ante la pulcritud de aquellos ingenios y le arrebató el intuir que tras la sencillez aparente de sus formas se agazapaba la satisfacción del deseo imperfecto de publicar sus desvaríos. Intuitivamente puso un dedo milagroso sobre la pantalla capacitiva de diez pulgadas y esta se retroiluminó, lo que le pareció una señal de reconocimiento como cuando Haruki ponía los ojillos en blanco. Luego, el icono de una libretita con lápiz la condujo al paraíso de la autoedición de bolsillo y entonces empezó a digitar sobre el teclado virtual su poesía semiautomática. La guardó en la memoria de la tablet y al pulsar “aceptar” le invadió un irrefrenable deseo de entregarse, ni físico ni emocional, sino las dos cosas a la vez y desde muy adentro, como una gran ovulación.
Y así fué como Amapola Garrido empezó a frecuentar el Media Markt, al principio uno o dos días por semana, luego más a menudo hasta que tuvo que contenerse porque ni en una vida laboral podría gastar todas las pilas AA que había comprado en todas sus visitas y que acumulaba junto a sus carpetas en el armario. Ella sabía que alguna de aquellas tablets con sus archivos habían sido vendidas y sustituidas por otras en blanco, pero ignoraba si sus escritos seguirían en ellas o habrían sido eliminados por algún empleado o por el propietario del aparato. No le importaba, aquellos versos ya no le pertenecían, los había parido sin dolor y sin amor, felizmente bajo la luz de los fluorescentes y los había lanzado a una vida aleatoria y anónima, que era más de lo que podía pedir para su propia existencia.
Fue una mañana sentada en el bar del Jacinto, mientras se abanicaba pasando las hojas del suplemento de letras del País, cuando atrapó al vuelo unas palabras que la paralizaron. Fijó la mirada en aquellos versos que sabía suyos y que por eso no le interesaban en absoluto pero se quedó tan sorprendida con el artículo que los acompañaba que para leerlo tuvo que tomarse el café antes y pedirse otro. Jacinto flipaba. El comentario venía a decir lo evidente sobre la procedencia del poema y perogrulladas aparte, establecía un paralelismo que a Amapola Garrido no le resultó del todo incómodo. Se trataba de una ilustración con la pintada callejera de grafitero con quien la comparaban y hasta se hubiera sentido halagada si eso cupiese entre la estrechez de sus emociones porque le gustó verse a sí misma un poco como el tal Banksy, aquel artista misterioso que no daba a su obra más valor que a su pensamiento y que permanecía en las sombras para escapar de la especulación carroñera de los mismos a los que criticaba en sus pasquines.
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Banksy