Amapola Garrido y el mejillón impasible

Amapola Garrido leía una novela en la pequeña terraza frente al mar de su habitación en el Hotel Juanillo, en Benifotem, un pueblecito de costa en el sur del sur de Cataluña. Desde que tenía uso de razón había pasado sus  vacaciones en ese hotel. Cuando era pequeña, con sus padres y su hermana; de mayor, ella sola. Para los dueños y parte del personal de la casa, era como de la familia. Ella ya no tenía familia, pero seguía yendo un mes todos los veranos, como una angula que cruza el océano desde el Caribe hasta el Delta del Ebro, como si llevara el track escrito en el código genético. Aquí leía, escribía y daba largos paseos o se pasaba el día zanganeando en la  playa. Alguna noche bajaba a la discoteca del hotel, una boîte muy cuca y decadente, con aires setenteros, donde el “hereu” de can Juanillo, un hippie sesentón, pinchaba los mismos discos desde hacía cuarenta años.

El levante suave del atardecer mecía sus mechones y no se concentraba en la lectura, pero no por el aire, sino al recordar los acontecimientos que había vivido los últimos días.
El viernes por la noche, mientras saboreaba en la barra de la boîte, el gimlet que Ximo el camarero preparaba como los ángeles, dejándose mecer por las luces de colores y el Have you ever seen the rain? de los Creedence Clearwater Revival, entraron en tropel un grupo de lo que parecían pijos en la  cuarentena eufórica y divertida. Con ellos llegaron algunas parejas de más edad, todos impecablemente vestidos con ropa sport muy cara. No era la clientela habitual de la discoteca, chicos y chicas del hotel o de la colonia turística de Benifotem, en su mayor parte franceses, belgas y holandeses. Aquellos eran un grupo cohesionado, del país, no, de la capital del país, o sea, del “rovell de l’ou” del país. Eso sí, bailaron y bebieron a destajo, lo cual desarmó cualquier prevención que Amapola Garrido pudiera haberse  formado sobre ellos en una primera impresión. Y ella también bailó y rió a gusto con las bromas de aquellos tipos. No eran unos pipiolos, aunque lo parecían. Especialmente con el Narcís, sin duda el más guapo y ocurrente de todos ellos, se dejó llevar por el amargo dulzor del gimlet y acabó besándose con él como una adolescente, en un rincón de los sofás de terciopelo.
Cuando despertó a la mañana siguiente en su habitación, la cama deshecha y la ropa por el suelo, el tipo ya había desaparecido, pero encontró un billete de cien euros sobre la mesilla de noche. ¡El muy imbécil la había tomado por una puta! –Tanto mejor –pensó, así no habría lugar a confusiones sobre implicaciones emocionales en el asunto.
Al mediodía se enteró de que toda aquella gente estaban en el hotel en una especie de congreso, escuela de verano, lo llamaban, de “Munió Catòlica Democràtica de Catalunya”, un partido político que a Amapola Garrido le parecía más un hatajo de meapilas ricachones con ínfulas de salvapatrias que políticos con una ideología que defender.
Pasaron el día en conferencias, reuniones y mesas redondas, preparando el acto central del fin de semana, a saber, la misa que celebraría el domingo en la iglesia del pueblo, mosén Bailarín, un cura muy mediático, en apoyo del injustamente denostado expresidente, el honorable Jordi Punyol, pillado una vez más en renuncio, pero esta vez sin un buen paraguas de pastor castellano para capear el temporal. Personaje muy incómodo y hasta potencialmente peligroso para las élites defraudadoras y corruptas, entre las que se encuentra, Punyol conoce al dedillo los entresijos y los nombres de las cloacas del país.
Esa noche en su habitación, Amapola Garrido intentaba escribir unos versos sobre el reverso del resguardo de la lavandería, pero las voces de la habitación contigua no le dejaban concentrarse.
Se trataba de Narcís y sus amigos, todos cerca de la cincuentena, en una reunión de las juventudes del partido, de las cuales él era el secretario general. Al parecer, discutían acaloradamente algún aspecto de la paella que al día siguiente ofrecerían al expresidente, tras la misa de desagravio.
Su  exaltación iba en aumento a medida que el carrito de las bebidas trajinaba por la moqueta del pasillo en un puente aéreo constante. Harta de tanto guirigay, salió decidida a quejarse y se encontró de bruces con Ximo el camarero, que empujaba trabajosamente el carrito titilante cargado de valiosas botellas de ginebra, copas de balón y todos los adminículos para preparar gintonics principescos. Sus miradas se cruzaron el instante imprescindible para que Ximo le preparara un excelente combinado de Hendrick’s con Fentimans con el que volvió resignada a su habitación. Se sentó en su pequeña terraza frente al mar, con los pies sobre la barandilla, intentando que el reflejo de la luna sobre el agua de la bahía y la luz verdosa de su gintonic disiparan las voces estridentes de sus vecinos.
Pero a su pesar, no pudo evitar escuchar toda la conversación, hasta el punto de ponérsele la piel de gallina, no tanto por el contenido de la misma sino por la estulticia de Narcís y sus secuaces.
–Ya os he dicho que viene de arriba. Están acojonados con que pueda cantar como un ruiseñor y tire de la alfombra o levante la manta o lo que sea y les deje a todos con el culo al aire. Me lo transmitió Titín, el primo de Cuquín, en Llavaneras, la Fundación está detrás y Su eminencia lo bendice.
–¿Pero cómo haremos para cargarle el muerto a los perroflautas indepes?
–Lo he estado pensando y es demasiado complicado, bastará con que parezca un accidente. Sólo tenemos que conseguir que se ponga enfermo y ellos se encargarán del resto.
–¡Pero si tiene una salud de hierro y está protegido por todas las vírgenes del país!
–Eso no será un problema –Un silencio –Con este mejillón adulterado que me dió Titín y que mañana terminará en su plato – Exclamaciones de admiración.
–¿Y quién…? –Tengo comprado al camarero, el tal Ximo, que servirá la paella y por si las moscas, para cubrirnos todos las espaldas, “ellos” le reservan el mismo destino que al honorable.
El gintonic hacía rato que se había evaporado de su copa y al oír el tintineo del carrito en el pasillo, volvió a salir, esta vez decidida a agenciarse provisiones para toda la noche. Ximo advirtió cierta urgencia en la actitud de Amapola y antes de que ella reaccionase, se ofreció a prepararle otro combinado. Amapola cogió a Ximo de la solapa de su smoking y lo arrastró tras ella a su habitación y fueron alternando gintonics y sexo hasta la madrugada.
Cuando despertó a media mañana, no tenía resaca de ninguna clase y bajó a darse un chapuzón a la playa del hotel. La conjura que había conocido la noche anterior se la traía floja, ya que Punyol no le despertaba la más mínima compasión y si Ximo era tan estúpido para meterse en ese berenjenal, tenía ganado a pulso lo que pudiera pasarle. Pero una sombra de inquietud cubría estas reflexiones. Si este complot salía adelante, el Hotel Juanillo y sus propietarios se verían irremediablemente envueltos en un escándalo que perjudicaría gravemente el negocio, eso si no tenían que acabar cerrando el establecimiento y esa sola idea se le representaba como si la tragara la arena blanda del fondo marino. No lo podía consentir, tenía que actuar.
Tras ducharse y vestirse para el almuerzo, bajó a la terraza a tiempo para encontrarse con los congresistas que volvían de misa, esta vez  ya con Punyol y su señora, el cura Bailarín y el mondo presidente de la MCDC, José Antonio Vandur i Llerda, precedidos por las juventudes del partido, los rostros abotargados ocultos por unas grandes gafas de sol de pasta negras de una marca americana. Las sesenta y pico personas de la comitiva ocuparon la terraza dónde ya estaban preparados los veladores con canapés y los camareros con sus bandejas, alineados y dispuestos a servir el aperitivo de bienvenida entre los asistentes.
Amapola Garrido se mantuvo alejada del mogollón en un rincón de la terraza y esperó un tiempo prudencial para echarle una mirada calculada y cargada de intención a Ximo, que se le acercó enseguida. Ella le propuso algo que sabía que Ximo no rechazaría y en cuanto él abandonó la terraza, ella lo siguió a una distancia prudencial. Se encontraron frente a su habitación y entraron furtivamente. Sobre la mesa había dos copas preparadas para sendos medios gintonics con lo que había sobrado de la noche anterior. Pero una de ellas contenía, además de la ginebra y el pepino, medio envase de Evacuol. Preparó los dos medios y se los trincaron con ansia, pues Amapola ya estaba hurgando con la mano libre en la bragueta del camarero y en cuanto liberó la polla tumefacta se la comió con avidez, esperando que los efectos del gintonic no fueran inmediatos. Mientras felaba, desde la terraza llegaba a sus oídos el “cant de la senyera”, señal inequívoca de que el aperitivo tocaba a su fin y debía liberar a Ximo  de inmediato.
El gran comedor del Hotel Juanillo, las paredes repletas de cuadros marineros de dudoso gusto, había sido preparado con cuatro mesas largas, en el centro de la primera estaban sentados el ceñudo expresidente Punyol, con su sonriente señora Maika Ferrusova a su izquierda, mosén Bailarín con aire disperso al lado de esta y a la derecha del desagraviado, el presidente de la MCDC, el lampiño y circunspecto Vandur.
En un ala del comedor estaban las mesas del resto de huéspedes del hotel y desde la suya, Amapola Garrido comprobó aliviada que Ximo no se encontraba entre el turno que cubría aquel servicio.
Se sirvieron las generosas raciones de paella marinera, entre los elogios de la concurrencia a la magnífica obra del chef y se sobreponían los cometarios sobre la indudable primacía de la paella catalana sobre la de otros orígenes geográficos y otras gilipolleces por el estilo. Algún presunto historiador propuso un brindis indescifrable antes de empezar, los ánimos ya estaban caldeados por el aperitivo y los cantos patrióticos. Al honorable carcamal se le cayó una lagrimita ante la mirada abiertamente despreciativa de Vandur. El astroso cura le tendió un enorme pañuelo muy sonado para que se la secase, lo que provocó una indisimulada mueca de asco en la Ferrusova. Una escena conmovedora que hizo prorrumpir en aplausos y vivas a los comensales.
Liquidada la paella, en los platos de las desconcertadas juventudes del partido ante la ausencia de su cómplice ejecutor, permanecieron intactos los mejillones en sus conchas. Este detalle no pasó desapercibido al ojo sagaz del presidente de su partido, bajo cuya epidermis craneal diríase apreciarse un disco duro a todo girar, al tiempo que adquiría un tono carmesí.
Y llegó la apoteosis con la entrada del inmenso pastel rectangular, cubierto de yema quemada con cuatro tiras de gelatina roja, encabezado por una estrella blanca de mantequilla sobre un fondo azul pitufo azucarado. La concurrencia levantada en un aplauso estruendoso pugnaba por fotografiar con sus móviles tamaña alegoría patria y no se sentaron hasta que las botellas de cava Freissener brut nature se alinearon sobre las mesas. ¡Pop! ¡pop! ¡pop! el espumoso ya corría a raudales cuando a alguien se le ocurrió comentar en voz alta la desafección del tal Freissener a la causa soberanista. Bastó una frase lapidaria, que sonó como un oráculo, para acallar cualquier objeción al respecto: –“cof! cof! això ara no toca! ara més que mai, tots sóm de casa!” – Aplausos y más brindis.
Armado de la Tizona del Cid Campeador, el anciano homenajeado se mostraba indeciso ante la tarta a la que debía dar el tajo de honor. Si le daba un corte longitudinal, el resultado serían dos banderas españolas, si la partía de través podría parecer que separaba el país en dos mitades, ¿qué dos mitades? Percibiendo sus tribulaciones, la Ferrusova le cogió el mandoble de las manos, tan hábilmente que pareció como si él mismo se lo hubiera cedido y procedió con decisión a cortar una cuña de la parte azul y blanca, de algo más del tres por ciento del pastel. Una ovación cerrada llenó el salón. Todos en pie, de los pechos trémulos y las papadas ondulantes surgió al unísono el “cant dels segadors”.
Sólo Punyol se dió cuenta de que Vandur permanecía sentado a su lado, ya que ahora estaban al mismo nivel y estó le causó una satisfacción pasajera. De repente, el calvo se levantó como una exhalación, lívido y hierático como un palo y cuando parecía que iba a arrancarse por segadoras, de su boca salió un chorro de paella sin digerir entre espumas de Freissener que dejó el rojigualda de la tarta, moteado de verde guisante y negro cebolla caramelizada.  Del mismo impulso se desplomó hacia atrás, quedando en el suelo como un ecce homo, los brazos en cruz. Enseguida la brillante i gastada sotana de mosén Bailarín se plantó de un salto a su lado y a falta de otros óleos procedió a administrarle la extremaunción a base de sahumerios de su puro Montecristo. Los comentarios se sucedían –Demasiado vino –La edad no perdona –Muchas emociones para un solo día –Quizás es un virus, he oído que un camarero está igual. Alguien que dijo ser médico, comprobó que sólo se trataba de una probable intoxicación gatrointestinal.
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El expresidente Punyol estaba visiblemente inquieto y su señora dispuso una evacuación de emergencia. En un plis plas estaban rodeados de cuatro guardaespaldas que les escoltaron hasta el coche blindado y desaparecieron de escena. El salón quedó vacío en menos de un minuto y los siguientes fueron un no parar de maletas hacia los coches y derrapes de las enormes ruedas sobre la gravilla del aparcamiento en una huida precipitada.
Amapola Garrido lo vió mientras saboreaba el café desde su rincón en el el gran comedor del Hotel Juanillo e intercambió una mirada de mutuo desprecio con un pequeño mejillón azul mahón, impasible el ademán, sobre el malogrado pastel.
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