Amapola Garrido en el Moto Bar

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Atardezco en el Moto Bar entre compases de rock’n’roll, el último sol dorado colándose por las cristaleras, empujado por los cromados de las Harley.
— ¡Hola Javier! ¿te acuerdas de mí? ¡que alegría verte!
— Tu cara no me dice nada.
Creo que acabo de romper el encanto de este encuentro. Ella sigue mirándome, como aturdida o embelesada y para que no se hunda definitivamente, le tiro un anzuelo sin carnaza.
— ¿Cómo te llamas? Quizás tu nombre me suene de algo, aunque lo dudo porque soy muy olvidadizo.
Pero tan pronto como empieza a largar, sus palabras quedan aplastadas por los acordes dulzones del “Priva Pepe” de los Freddy Nois.
Ella se da cuenta de que no la escucho y de un cabezazo, agita su larga melena negra y hace ondear el humo espeso del tabaco que nos envuelve.
— No quiero saber nada de tu pasado — le digo al oído — no vaya a ser que recuerde algo de lo que avergonzarme.
La cojo suavemente del brazo (es un tic que tengo y no consigo abandonar) y la acompaño hasta el único sofá libre, lejos del escenario. La suavidad del moaré de su jersey y la calidez de su axila, me producen un escalofrío. Una pareja está sentada al otro lado de la mesa y no nos quitan ojo, como si esperasen que les pidiéramos permiso para ponernos allí.
— Oye, lo siento pero me he sentado encima de tu sombrero.
— Supongo que habrá sido sin querer.
— Claro, claro.
Es una señal. Hoy el Moto Bar ya no da más de sí.
— Estoy harto de esta música ¿como has dicho que te llamas? bueno, da igual ¿nos vamos?
— No llevo casco.
— Ni yo tampoco, cogeremos un taxi.
El tráfico era fluído a esa hora. Ibamos arrebujados en el asiento mullido de escay de un Seat 1500 que apestaba a humo acre de Ducados.

Abrazados, le comía el lóbulo de la oreja y ví de reojo al taxista mirando por el retrovisor pero no dejé de hacerlo y noté que se relajaba completamente, como un pelele entre mis brazos. Había descubierto el interruptor de sus tensiones.
Con el contacto me vinieron las urgencias emocionales y sentí la necesidad de llamarla por el nombre, pero durante varios semáforos en verde de la Gran Vía no daba con la forma de averiguarlo sin herir sus sentimientos y hurgar en su bolso quedaba descartado porque el taxista no dejaba de mirar. Así que aprovechando la comida de oreja le pedí que volviera a susurrarme su nombre al oído. Esto pareció llevarla un grado más en la escala del placer y exhaló contra mi rostro, con un hálito de strawberry: –Amapola Garridooooooo.
Se me erizaron todos los pelos del cuerpo y entonces recordé a la muchacha esquiva que se sentaba al final de la clase, junto a la ventana y que se llevaba bien con todo el mundo pero nunca intimaba con nadie. ¡Cómo había cambiado! y entonces busqué su boca y la besé, con avidez, la misma que descubrí en su lengua arrolladora.
El chófer debía pasárselo en grande, porque despertamos de nuestro ensueño chocando contra el asiento de delante, con el chirrido estridente de las ruedas sobre el asfalto por el frenazo descomunal del taxi en el semáforo de la Plaza Tetuán.
Amapola abrió de sopetón la portezuela, gritando improperios contra el taxista y amenazándolo con querellas por homicidio frustrado y daños psicológicos, mientras me arrastraba tras de sí con la otra mano. Me sentí volar en aquel instante, cogido por las garras de una rapaz inmensa y bella que dominaba el cielo nocturno de Barcelona.
Paramos en una esquina, recuperando el resuello de la carrera con la espalda contra un muro. Amapola me taladró con una mirada diáfana. Se había transformado y transmitía una determinación muy alejada de aquellos ojos acuosos que me reflejaron en el Moto Bar.
El beso goloso, el simpa del taxi, los cuatrocientos obstáculos cogidos de la mano y esa mirada penetrante, delataban su verdadera personalidad y empezaba a gustarme, al tiempo que me dejaba arrastrar por esa dulce y ceporra sensación de subyugación del encoñamiento incipiente.
Su casa no estaba lejos, en el Passatge de Bocabella. Un piso grande en un pulcro edificio burgués de finales del XIX.
Tan pronto como se cerró la gran puerta labrada, nuestos cuerpos se enzarzaron como los sarmientos de una vid preñada de uva jugosa y así pasamos la noche, explorando todos los rincones de aquella viña fértil del “eixample”, embriagados de sexo.
Amanecimos en la cama, con la caricia del sol tamizado por las viejas persianas mallorquinas, que iluminaba con una luz cremosa los frescos del artesonado, querubines columpiándose entre parras y racimos.
Exhausto, ante un café con leche humeante y unas tostadas con mermelada de naranja, no podía dejar de sonreir y de mirarla. Nos cogimos las manos sobre la mesa y en la puntas de nuestras lenguas quedó trabada una pregunta: –¿Qué hacías en el Moto Bar?
Ahora tengo su teléfono y ella el mío. Quedamos en llamarnos para tomar un café cualquier día, pero de esto hace ya tres semanas. No importa, volveremos a encontrarnos porque somos almas gemelas.
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