Vida de Amapola Garrido

Amapola Garrido no estaba loca. Puede que un poco zumbada, pero loca no. No más que cualquier zumbado en esta esquizofrénica ciudad amable y traidora que es Barcelona.
Amapola Garrido trabajaba de conserje en una oficina municipal y no tenía amigos y si alguna vez había tenido le habían durado poco.
Amapola Garrido no era friki, pero observava su entorno y con los datos que seleccionaba amasaba un bolo que luego fermentaba exuberante entre sus neuronas decoloradas.
Amapola Garrido rondaba la cuarentena y era flaca. No era fea pero sus arrugas y su pelo lacio y deshilachado estorbaban bastante a su escasa hermosura. Vestía pizpireta y toda su ropa, que compraba en el Carrefour, sobre sus huesos adquiría una gracia que desconcertaba a sus compañeras de trabajo.
Amapola Garrido salía a desayunar a media mañana sus 20 minutos de convenio. En el bar de la esquina siempre se sentaba a la misma mesa y si estaba ocupada, se largaba contrariada a dar vueltas a la manzana hasta que Jacinto el del bar conseguía desalojar la mesa. No es que la apreciara lo más mínimo, en 12 años no habían intercambiado más que tres palabras “un, café, euro” porque si Jacinto había pronunciado otras, no obtuvieron respuesta, pero un cliente es un cliente y cuesta más conservar a uno que conseguir uno nuevo, de modo que según este oxidado principio comercial, más de una vez que no había estado al quite, el hombre había tenido que rogar compungido a algún cliente que trasladara su bocadillo de tortilla a la francesa y anchoas, su vaso, el vino y el sifón y toda su impedimenta a otra mesa, para que Su clienta pudiera tomarse su café, sin azúcar, aunque como secreta venganza Jacinto no hubiera dejado de ponerle siempre el sobrecito en el platillo.
Amapola Garrido hojeaba la prensa con evidente desinterés, que con su aire ausente, daba la impresión que pasaba las hojas del diario más para darse aire que para cambiar de página y al final, tomaba de un sorbo el café, se acercaba a la barra y con un leve arqueo de sus labios finos y resecos hacia Jacinto, que este tomaba invariablemente por un cuánto es, dejaba la moneda de a euro delicadamente sobre el mármol al tiempo que el otro pronunciaba su frase en ese teatro del absurdo: “un euro”.
Amapola Garrido era cumplidora en el trabajo. Siempre dispuesta a echar una mano si ello no sobresalía del horario laboral o se adentraba en su vida privada y era correcta y hasta amable con los usuarios que a menudo le preguntaban chorradas y obviedades. Pero nadie en la delegación sabía de ella nada más que su nombre y apellido pues nunca había confraternizado ni participaba de cenas ni eventos paralaborales. Su tiempo era demasiado valioso para desperdiciarlo con esos cenutrios, aunque no le hubiera importado tener un aparte con alguna de ellas o alguno de ellos, pero cuando se juntaban parecía como si sus gilipolleces convergieran en un nodo grupal, una estulticia común identitaria que la rechazaba a ella como un deflector antiprotones del crucero estelar Enterprise.
Amapola Garrido vivía en un piso antiguo de altos techos en el anodino “eixample” barcelonés. Conocía a casi todo el vecindario y tenía buen rollo con todo el mundo y hasta cierta relación con su vecina de rellano y su perrita Haruki a la que no le había importado tener en alguna ocasión en su casa si la vecina se lo pedía, aunque ello desbaratara sus planes. Se llevaban bien. Haruki y Amapola se entendían a la perfección y la perra adoraba aquellos ratos junto al balcón en que Amapola le recitaba sus poemas y apreciaba con la mirada perdida en los desconchados de las contraventanas las inflexiones de su voz de pito y la irregular profundidad de sus sentimientos. Entonces Haruki salía al balcón y llenaba sus pequeños pulmones de CO2 mientras reflexionaba sobre el valor de la amistad y qué habría dado de cuanto le pertenecía para poder expresarse como su amiga.
Amapola Garrido escribía poesías y algunos relatos que atiborraban varias carpetas de esas viejas de cartón marrón o azules, con las gomas pasadas forradas de tela, que se desintegraban al tacto, en roñas o en polvillo, según el sudor de las manos que las trajinasen. Porque Amapola Garrido escribía sobre cualquier papel que tuviera a mano y eso no condicionaba para nada su obra. Narraciones fantásticas sobre una receta de la Seguridad Social, góticos versos de amor en el ticket del super, sesudas elucubraciones sociales en papel higiénico. Tal era su determinación y la abstracción de que era capaz si estaba en vena creadora. Y todo ello atesorado sin ningún orden reconocible en aquellos cartapacios. Pero Amapola Garrido, en su peculiar idiosincrasia, no era una persona absolutamente aislada y no siendo nada expansiva, sentía la pulsión de ofrecer a la mirada ajena sus vergüenzas literarias, más allá de los ojos acuosos de la perra de la vecina. Y había descubierto como hacerlo sin exponer su identidad al escrutinio general.
Amapola Garrido era asidua al Media Markt, aunque toda su relación con la electrónica de consumo era un baqueteado movil de primera generación que solo servía para hablar, con alguien claro, gastado de tanto andar dándose viajes contra las llaves dentro del bolso y un bonito equipo de música compacto con muchos botones que nunca habían sido pulsados, salvo el de on/off i la ruedecita del volumen, porque Amapola Garrido encendía la radio de vez en cuando, y no es que la escuchara, aunque la oía, porque de haberlo hecho seguramente la habría apagado al instante.
Iba al Media Markt con el secreto propósito de escribir, pero no para sus adentros, sino para sus afueras, exorcisando sus misterios en las memorias de las tablets de exposición que se alineaban en unos largos pupitres al fondo del establecimiento. Las descubrió hace un año, cuando fue a por pilas para el despertador y se entretuvo dando una vuelta por los pasillos abigarrados de objetos indescifrables. Cuando las vió, se quedó pasmada ante la pulcritud de aquellos ingenios y le arrebató el intuir que tras la sencillez aparente de sus formas se agazapaba la satisfacción del deseo imperfecto de publicar sus desvaríos. Intuitivamente puso un dedo milagroso sobre la pantalla capacitiva de diez pulgadas y esta se retroiluminó, lo que le pareció una señal de reconocimiento como cuando Haruki ponía los ojillos en blanco. Luego, el icono de una libretita con lápiz la condujo al paraíso de la autoedición de bolsillo y entonces empezó a digitar sobre el teclado virtual su poesía semiautomática. La guardó en la memoria de la tablet y al pulsar “aceptar” le invadió un irrefrenable deseo de entregarse, ni físico ni emocional, sino las dos cosas a la vez y desde muy adentro, como una gran ovulación.
Y así fué como Amapola Garrido empezó a frecuentar el Media Markt, al principio uno o dos días por semana, luego más a menudo hasta que tuvo que contenerse porque ni en una vida laboral podría gastar todas las pilas AA que había comprado en todas sus visitas y que acumulaba junto a sus carpetas en el armario. Ella sabía que alguna de aquellas tablets con sus archivos habían sido vendidas y sustituidas por otras en blanco, pero ignoraba si sus escritos seguirían en ellas o habrían sido eliminados por algún empleado o por el propietario del aparato. No le importaba, aquellos versos ya no le pertenecían, los había parido sin dolor y sin amor, felizmente bajo la luz de los fluorescentes y los había lanzado a una vida aleatoria y anónima, que era más de lo que podía pedir para su propia existencia.
Fue una mañana sentada en el bar del Jacinto, mientras se abanicaba pasando las hojas del suplemento de letras del País, cuando atrapó al vuelo unas palabras que la paralizaron. Fijó la mirada en aquellos versos que sabía suyos y que por eso no le interesaban en absoluto pero se quedó tan sorprendida con el artículo que los acompañaba que para leerlo tuvo que tomarse el café antes y pedirse otro. Jacinto flipaba. El comentario venía a decir lo evidente sobre la procedencia del poema y perogrulladas aparte, establecía un paralelismo que a Amapola Garrido no le resultó del todo incómodo. Se trataba de una ilustración con la pintada callejera de grafitero con quien la comparaban y hasta se hubiera sentido halagada si eso cupiese entre la estrechez de sus emociones porque le gustó verse a sí misma un poco como el tal Banksy, aquel artista misterioso que no daba a su obra más valor que a su pensamiento y que permanecía en las sombras para escapar de la especulación carroñera de los mismos a los que criticaba en sus pasquines.
banksy
Banksy
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