Amapola Garrido y la orquestina caníbal

Los compases de un tango irreconocible rebotaban contra los muros de piedra. Ni siquiera el movimiento sincopado que imprimía su pareja de baile, conseguía liberarla del frío, en la oscuridad de la boîte. Se trataba de un sujeto de modales exquisitos pero su traje raído parecía una mortaja a juego con su cuerpo largo y huesudo y su piel cetrina. Amapola Garrido había aceptado su invitación, para no quedarse sola en la barra, expuesta al acercamiento de alguno de los monstruos que pululaban por el local o de los insectos que asomaban furtivamente entre las grietas. Algún destello de humedad en la bóveda revelaba el serpenteo de una gran escolopendra o la mirada ávida de una viuda negra. Quizás moviéndose tenía menos posibilidades de que le cayeran encima.

Tras una oxidada reja de hierro forjado, la orquestina tañía sus instrumentos con expresión ausente. Eran siete jóvenes de belleza decaída, sus cabellos lacios parecían cortados a cuchillo y solo destacaban sus labios de un rojo encendido sobre su tez pálida. Alguna de ellas permanecía encadenada por el tobillo a la piedra que le servía de asiento, otras mostraban costras en las marcas de argollas en sus muñecas. Amapola Garrido se preguntaba si el nombre de “La Orquestina Caníbal”, en letras de purpurina del deslucido cartel que colgaba de la reja, no sería una advertencia para no acercarse demasiado a los barrotes.

Repentinamente, cesó el ruido de los zapatos arrastrándose por el suelo y todas las miradas se dirigieron hacia la silueta de mujer recortada entre las pesadas cortinas de terciopelo del vestíbulo. Una figura esbelta de formas rotundas que avanzaba hacia el bar, contoneándose con su melena ondulada y cimbreando las caderas. La luz débil de las lamparitas en los veladores hacía titilear inquietantes sombras sobre las paredes y apenas iluminaba el rostro de aquel cuerpo magnífico, enfundado en unos leotardos que ceñían una vulva prominente. Amapola quedó embelesada pero su rubor la traicionó cuando sus miradas se encontraron y su corazón se aceleró de puro pánico. Notó las manos de su pareja de baile aferrándola por los brazos y su voz pastosa susurrándole al oído: — Desconfía de las mujeres con el coño demasiado simétrico.

Despertó cubierta de sudor en la cama deshecha. Era de noche cerrada pero se levantó y buscó refugio en el café y en un papel, para no volver a aquel tugurio inmundo.

El café se enfriaba en la taza mientras Amapola Garrido transcribía su sueño, vívido aún, en el reverso de una receta caducada. Cabezeaba y le costaba mantener los ojos abiertos y sólo los escalofríos que le producía rememorar aquella escena, la mantenían despierta. Mientras releía pesadamente lo que había escrito, sus párpados se cerraron y quedó atrapada de nuevo en su pesadilla, con la cabeza caída sobre el pecho, leves espasmos recorrían sus hombros y sus brazos, bajo la amarillenta bombilla de 40 watios de la mesita de noche.

El violín languidecía en la penumbra de la cueva con una melodia disonante que rasgaba delicadamente los oídos de Amapola Garrido. Era un suplicio placentero que la sumía en un estado de estupefacción entre las fuertes manos que la tenían inmovilizada desde atrás. En medio de su abandono percibió cómo se le acercaba lentamente aquella mujer y supo que la miraba fijamente, aunque desde unos ojos de córneas negras. Por su parte, Amapola no podía apartar la vista de la vulva tumefacta que se aproximaba hacia ella y resonaban en su cabeza las palabras del hombre que la sujetaba: “Desconfía de las mujeres con el coño demasiado simétrico”, pero se sentía atraída por aquella maravillosa flor, que en su desvarío se le apetecía palpitante.

Cuando sus cuerpos estuvieron tan cerca que se rozaron, la mujer le ofreció una copa de cristal  que bebió ávida, hasta que las gotas tibias se le derramaron por el cuello. La mujer le lamió el líquido espeso y Amapola, fundida de deseo y liberada del abrazo de su captor, consiguió llevar su mano hasta el profundo sumidero de placer que la reclamaba. Allí la recibió la suavidad de los labios carnosos y la calida densidad de los fluidos.

Mientras introducía los dedos entre aquellos intersticios, notaba como era succionada hacia las profundidades, hasta que toda su mano fue fagocitada por los jugos de aquella flor. Entonces notó que la aplastaba la fuerza de unos músculos poderosos que la dislocaban y como la abrasaba un dolor intenso de desgarro. El hombre que aún la sostenía por detrás, de un violento tirón le retiró el brazo atrapado, que en su extremo era una masa pulposa y sangrienta, ante la fría  sonrisa de la mujer carnívora.

Amapola despertó de nuevo, sudando entre las sábanas arrebujadas. Cuando miró azorada su mano, sólo vio entre los dedos la calidez de su propia humedad, brillando con la luz dorada del primer rayo de sol.

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