Acúfens

Ciclops de ferro esberlen un vers amb cada galtada,
han conquerit les serres del Boix i del Coll de l’Alba.
La pedra, rendida, no mira.
La terra, sotmesa, no parla, calla la seva memòria humana.

Camins tallats escriuen interrogants que ningú respon.
Destrals de botxins blancs capen mascles i senglars,
los dúvols i les raboses ja han estat executats.
L’olor de l’espígol i del romer roman ajupida a dos pams d’enterra.

Brunzits sincopats alteren el ritme dels vents,
han foragitat los cants dels moixons i de les plegadores d’olives.
Acúfens barrinen l’oïda ensordida.
Los aerogeneradors no fan bona poesia.

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La boja

No em diu res quan travesso el pont,
xafant los taulons sobre els remolins del riu,
la foscor acrílica empassant-se bicicletes i vianants.

Ni se m’adreça pel nom
i això que la conec de fa molts anys,
les nits vora el safareig, esmaltant sabaters i cullerots.

Mai em contesta, aquesta boja i no fa gaire,
encara manteniem llargs diàlegs intoxicats,
amarats amb els vapors de la seva llum etílica.

Ara em fa el buit, deu ser perquè jo tampoc li faig gaire cas.

boja

Els primers freds

Aquella dona que encara tempteja
els passadissos angostos de la incertesa,
aviat visitará les sales blanques
de sostres altíssims
que els ulls no podran abastar.
Lluernaris emmarcaran el seu perfil
com un retrat a l’aiguafort
gravat per un mestre del Renaixement.
Les passes retronaran pel prosceni,
els aplaudiments de l’últim concert,
caient encara des dels palcs
com pètals d’olor, sobre l’escenari desert.
Les darreres notes com un refilet
que fa borronar les branques del meu arbre nu.

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Vanitats tapen vergonyes

Vanitats tapen vergonyes.

Vagareja la pantalla il•luminada, la mirada vàcua
i arrossega pels cabells la identitat impostada.

Triomfs disfressen frustracions.

Llisca sobre el vidre, el dit que no té qui el mana
resseguint un perfil, absent d’ànima humana.

Confessions amaguen mentides.

Repeteix fins la basarda estereotips sense sentit,
dictats pel creador del programa.

Versos camuflen silencis.

Pontifica consells i sentencia obvietats
des de l’estultícia absoluta.

Complaences oculten misèries.

Esgarrapa, l’ungla bruta de ressentiment
i es retreu cap als pantans de la covardia.

Amors clouen insatisfaccions.

Aviseu-me quan quedeu un dia
per desfilagarsar les xarxes socials
i riure de nosaltres tot bevent unes cerveses.

 
vanitats
foro-ptc.com

Doble olímpic

Diumenge,
l’alba trenca en silenci el fred i l’escampa.
Estampida d’animals macilents amb pell de neoprè,
encerclats per predadors, voraços de la carn eixerreïda.
No hi ha temps entre l’espai de l’ull i la peülla,
pols i terratrèmol de les crineres.
No hi ha espai entre el temps de la dent i l’alarit,
suor i sang a les palpentes.
Xipolleig a les aigües brutes
i el somicar d’alguna víctima desorientada.
A mig matí s’ha acabat la matança
i només els més ràpids pujen al podi
però tots els esquarterats paladejaran la seva agonia
cada dia que passi fins la propera carnisseria.

olimpic
i.telegraph.co.uk

 

Agua del Nilo

No puedo oponerme a tu avance hacia mí,
incluso extendería a tus pies
una alfombra tejida de mil amores.

Pero prefiero escuchar el punteo de tu guitarra,
desde esta roca resbaladiza en la que me gusta sentarme
a contemplar el lago de color de agua del Nilo.

Te imagino llegar descalza, pisando la tierra mojada
y una brizna de hierba en la boca
me trae el sabor de tu piel y de tus besos.

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Lac redon, 2009

 

La ficció del geòmetra

La simplicitat de les rectes és falaç
i el seu ordre, la ficció del geòmetra.
Camina cap a un atzucac indefugible
entre dues paral•leles,
com un gànguil sense esquer.

Sobre el seu cap icosaèdric,
volen hipèrboles empeses
a tota velocitat per un vent rauxat
i paràboles i esferes floten
en una atmòsfera galvànica.

S’atura una mica quan no el veu ningú
i amb la punta del peu,
intenta plasmar el que creu miratges,
sobre la pols que cobreix el pla,
però només li surten polígons i segments.

Transita pel camí alié
fins arribar a una successió d’angles simètrics,
les rectes s’estenen més enllà,
fins a un infinit aparent,
convergint en un punt inexistent.

Escombra els escaires amb les mans
i amb la pols que ha recollit i una mica de pixum,
modela un poliedre matusser,
on s’enfila per sortir per la tangent
d’aquest pla que el circumscriu.

I deixa que el vent del sud li esventi les el•lipses.

geometra
michoacano.com.mx

Amapola Garrido y el último soplapollas

Los dieciséis la habían pillado en el pueblo de su madre, en pleno verano. Amapola Garrido no conocía a nadie en aquel villorrio turolense y por eso se llevó de vacaciones al Sebas, un amiguete del instituto, con promesas inconcretas de paraísos bucólicos y libertinos.

El pueblo y su comarca eran un secarral. Sólo la orilla del río ofrecía algunas sombras, siempre codiciadadas por los vecinos, por lo que era inútil buscar allí ninguna intimidad, ni allí ni en ninguna parte. Era un pueblo grande, pero no lo suficiente para que una zagala de Barcelona pasara desapercibida al escrutinio de mozos y viejas.

Llevaban dos días en Favella y Sebas estaba impaciente por llevar sus manos y otros apéndices más allá de la superficie de los tejanos y la camiseta de Amapola. Ella le rechazaba dulcemente, porque la agobiaba la sensación de sentirse com un un bicho raro en el cristal del microscopio, pero tenía tantas o más ganas que él de darse un buen revolcón. Por eso decició que esa tarde irían de excursión a la ermita de San Tormento. Recordaba que en los alrededores había algunas casitas para los aperos de labranza abandonadas y seguro que en alguna de ellas, un rincón aceptable para desahogarse a gusto. A su madre le pareció una idea estupenda y les preparó unos bocadillos, que tuvieron que aceptar para no levantar sospechas.

De camino, su pulsión iba en aumento y cuando divisaron la primera casita enmedio de un campo de cereal segado, apretaron el paso, casi corriendo hasta allí. Se besaron atribuladamente tras la puerta desvencijada, se desabrocharon los pantalones y sus manos ávidas e inexpertas buscaron sus sexos húmedos, demasiado, porque cuando Amapola ya dirigía sus labios a la tranca enhiesta del Sebas, estalló en una fuente cálida y se marchitó como un gusano espachurrado.

Amapola se debatía entre el ardor, la rabia y el desconsuelo, mientras se secaba los churretes de la cara, reprimiendo una lágrima. ¡Jodido crío! No podía evitar odiarle en aquel momento, aunque sabía que era un sentimiento falso, porque era su mejor amigo y le quería en el alma. Sebas quedó compungido pero ni de lejos podía imaginar como se sentía su amiga y además, enseguida encontró remedio a su desazón en el bocadillo de mortadela. Siguieron caminando hasta la ermita sin dirigirse la palabra, aletargados bajo aquel sol apabullante, levantando polvo a cada paso, mecidos por el estridente ruido de las chicharras. Sólo el frescor de la nave vacía, ante el rostro socarrón del santo, le devolvió el temple y la perspectiva de las cosas. Le quedaban dos días en el pueblo y se había propuesto volver a Barcelona con un buen recuerdo.

Esa noche en la cena, su madre la miraba raro. O le notaba una extraña determinación o había leído en las lonchas de mortadela del bocadillo intacto. Después de cenar bajaron al pub, una taberna con ínfulas, donde se reunía la juventud del pueblo. Los watios que ahorraban en iluminación los derrochaban en heavy metal y lo que se podía ver, era un batiburrillo de pósters, calendarios y un cartel con los precios de la lonja de Alcañiz. Se sentaron con sus cubatas, algo cohibidos, en un rincón del local, pero enseguida se vieron rodeados de mozos que se presentaron, muy amables y les invitaron a unirse a ellos en las mesas de la terraza.

A la fresca de la plazoleta, había un grupo de chicas y chicos, riendo y charlando animadamente y al cabo de unos minutos, Amapola hubiera jurado conocerlos de toda la vida. Antes de despedirse, hacia la una y media, quedaron para ir al cine de Alcañiz al día siguiente, en el coche del Miguel.

Al final, fueron nueve en dos coches, pero sólo tres chicas y las otras dos, con sus parejas, iban en el otro coche. El renault 8 destartalado, pedorreaba a toda leche por las curvas sin arcén de aquel camino asfaltado, pero curiosamente no transmitía ninguna sensación de peligro a sus ocupantes, que se desternillaban de risa entre chistes malos y neblinas de tetrahidrocanabinol.

Llegados a la capital de la comarca, intentaron recomponerse en la medida de lo posible aunque sin poder disimular del todo la sonrisa que llevaban estampada en sus caretos. Entraron en la sala con la película empezada y ocuparon sus localidades al azar y a oscuras en el gallinero del viejo cine Avenida, donde todavía echaban dos películas los domingos por la tarde. Amapola seguía a una de las parejas y estaba segura de que Sebas la seguía a ella cuando se sentó.

Tarzán llamaba a grito pelado a una manada de elefantes, al tiempo que volaba sobre la jungla, taparrabos al viento, asido a un bejuco que nunca se rompía. En el asiento de al lado, un movimiento rítmico, acompasado de leves gemidos y chapoteos, distraía algo más que su atención. Cuando la mano se le posó en el muslo, casi grita del estremecimiento, pero se contuvo y con la suya buscó la liana dura y fibrosa que la había dejado con la miel en los labios el día anterior. En la oscuridad absoluta percibió un brillo fugaz y hacia él dirigió su boca ávida. Sus mandíbulas se tuvieron que esforzar para mantener aquel portento entre su lengua y su paladar sin dañarlo y perdió la noción del tiempo y de sus propios flujos hasta que se encontró tragando una considerable cantidad de batido de liana.

Chita, en brazos de una Jane de bandera, se despedía de alguien, agitando la manita. Las luces de la sala se encendieron para que el público pudiera ir al bar y al váter entre película y película. Se veían cabezas despeinadas y mucha gente arreglándose la ropa sin disimulo. Cuando Amapola se levantó para salir de la fila, vió a Sebas que ya empujaba la puerta batiente de la platea y entre ellos, el Tomás, el Jose y el Miguel, que iban saliendo de la fila de butacas. Por un momento se le desmoronó el mundo entero, pero sólo fue un segundo, hasta que aguantó la mirada de Miguel, con esa media sonrisa de triunfo y se la devolvió con un guiño de complicidad.

Ante una cocacola, se encontró con el melancólico Sebas, que le secó con un pañuelo, una gotita de la comisura de los labios. Este gesto le causó a Amapola una profunda lástima y se decidió a cambiar el escenario anímico entre ellos, deteriorado desde la tarde anterior. En la segunda sesión proyectaban el Séptimo sello y esta vez, Amapola se aseguró de que Sebas estuviera a su lado y entre las dos parejas, de manera que pudiera dedicarle las atenciones que accidentalmente le había dispensado a Miguel ante la envidia de Tarzán. Ahora su boca estaba entrenada y sin las urgencias de la primera vez, le proporcionó una felación dulce y de largo metraje, que Sebas disfrutó en toda su intensidad hasta derramarse en la garganta de su amiga. Luego, ante la fija mirada de la muerte ajedrecista, se dieron un largo beso que cicatrizó todos sus rasguños.

soplapollas

A la vuelta, Sebas se sentó delante junto a Miguel y Amapola, se metió atrás entre Tomás y Jose. Algo debió explicarles Miguel, porque sus miradas convergían en ella con un brillo delirante. Amapola, que tras la doble sesión había acumulado muchas tensiones, no opuso ningún inconveniente a que ambos zagales, la follasen entre las estrecheces del renault 8, sobre el escay pegajoso y dándose bandazos y cabezazos por culpa de los baches. Una auténtica liberación, que Miguelón iba siguiendo, divertido y Sebas, atormentado, intentaba rechazar de su mente.

Amapola se despidió de ellos hasta mañana, con una gran sonrisa satisfecha. Pero en su fuero interno sabía que nunca más volvería a poner los pies en Favella y sobre todo, que había perdido a un amigo, el último que tuvo jamás.

Esbós

Avui no redactaré cap text.
Les paraules que defugen el paper,
van ser dictades fa molts anys
per un poeta que ja no ho és,
només que ara les recorda
com si fos ahir quan les pensava.
No escriuré cap text,
ni cap lector entendrà aquest esborrall
de frases buides, que no vol explicar res,
perquè no vull gargotejar el paper blanc
amb l’estalzim de velles evocacions.
Ni que volgués, no podria fer-ho,
el quadre més detallat,
mai no pot expressar tots els sentiments
que transmet un simple esbós.

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Dues llunes

Naveguem pels límits de la galàxia, amb el creuer espacial Long Rider. Fa deu mesos que vam deixar la Terra i la tensió entre la tripulació impregna l’ambient.
Avui hem avistat les dues llunes del sistema de Penèlope. La capità Hendricks el contempla pel gran finestral, arrepenjada al tauler de comunicacions. Els seus cabells rossos li cauen desordenats per l’esquena fins al cul, que es revela sota les malles cenyides.
Quan es tomba, de sobte i em veu mirant fixament aquell meravellós sistema planetari, avança cap a mi i se’m planta al davant, tant a prop que respiro el seu alè, tant, que els nostres cabells s’acosten i es barregen per l’electricitat estàtica. Tant a prop que no sé si em somriu, només veig els meus ulls reflectits en els seus, grossos i encesos d’impaciència. Som de la mateixa alçada i els nostres cossos s’acosten i es toquen allà on coincideixen el desig i la torbació. Les mans busquen els sexes tumefactes i les nostres boques s’uneixen en una mossegada ansiosa.
La faig girar dolçament i s’arrepenja al tauler de control. Em bressolo amb els llums intermitents dels senyals de radar sobre els seus cabells i les natges suades. Els impulsos radioelèctrics acompassen el nostre viatge interestel•lar, la resta és silenci.
Només un paisatge omple tots els meus sentits, una lluna minvant, una lluna creixent i enming, un magnífic forat negre.

llunes
news.nationalgeographic. com