Mercè fora de l’espill

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La Mercè conduïa ràpida per la R-5735, una carretera estreta i revirada, a l’alba.
El seu marit havia arribat borratxo a casa i li havia tornat a pegar. Ara les seves llàgrimes de ràbia i d’impotència ja no queien, li inundaven els ulls i li mullaven les galtes inflades. Després d’un revolt es va enlluernar i va perdre de vista la carretera el temps just per estimbar-se per un barranc.Quan es va despertar de la commoció, el sol ja era baix a l’horitzó. A poc a poc, arrossegant-se va sortir d’entre els ferros retorçats. Petits talls li esquitxaven els braços i les cames i també el rostre però no sentia cap dolor, només set.
Es va aixecar amb dificultat i va atansar-se a un rierol on va beure fins sadollar-se, després resseguí la corrent i sota un pont va veure uns homes envoltats de carcasses d’electrodomèstics, fustes i cartrons.
Quan la van veure arribar, sense dir res li van oferir lloc per seure al tronc d’un arbre i ho acceptà. No li van preguntar res ni ella va parlar. Es va quedar mirant el riu d’aigües grises, sense saber com havia fet cap allà. Fosquejava i un dels homes li va preparar un refugi per passar la nit, amb unes capses de cartró cobertes de plàstic. Es va sentir agraïda i va dormir profundament.
La van despertar els pardals i va veure que els tres homes marxaven del campament empenyent dos carros de supermercat. Es va afanyar a seguir-los fins l’abocador, on recollien ferros i objectes útils o per vendre. Ella va trobar un espill vell de lavabo i el va posar dins d’un carro. L’home que li havia construït el refugi va assentir, amb un lleu somriure als llavis.
De tornada sota el pont, l’home li va cedir l’espill i ella se’l va posar dins la xabola, encarat a la porta, per il·luminar una mica l’interior. Van compartir el menjar però cap d’ells va intentar esbrinar res sobre ella. Van intercanviar unes paraules sobre el treball del dia i després es va posar a dormir sota els seus cartrons.
El cant dels pardals també la va despertar aquell matí i un raig de sol que s’escolava per l’obertura de la capsa, es va reflectir a l’espill, encegant-la per un instant. Aleshores va recordar…
Es va llevar d’una revolada i va deixar l’espill entre els objectes que s’amuntegaven per ser venuts i un dia més van sortir cap a l’abocador en busca dels seus tresors quotidians.
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Versió de 164 paraules per http://palabraobligada.wordpress.com/
Lucía conducía por la carretera comarcal. Su marido había vuelto a pegarle y las lágrimas inundaban sus ojos. Tras una curva, se deslumbró y cayó por un barranco. Cuando despertó, estaba rasguñada pero no sentía ningún dolor, sólo sed. En un arroyo bebió hasta saciarse, siguió la orilla hasta un puente, bajo el que distinguió un montón de chatarra y a tres hombres. Aceptó sentarse con ellos y se quedó en silencio mirando el agua turbia del arroyo. El mayor le construyó un refugio con cartones, que ella ocupó enseguida y se durmió.

Por la mañana fue con ellos al vertedero. Encontró un espejo y lo metió en el carro de supermercado. De vuelta bajo el puente, lo puso en su chabola para iluminar el interior. Se acostó temprano y durmió profundamente. La despertó un rayo de sol en el espejo. Entonces recordó…

Dejó el espejo en el montón de chatarra y volvió con sus compañeros al vertedero en busca de sus tesoros cotidianos.

Carrer estret

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Lo meu poble,
un carrer estret
de sentit únic.

Vianant encaixonat
entre edificis ruïnosos
i murs escrostonats.

Una llambregada de roig siena en la foscor,
captiva per un instant la mirada,
lo temps just per topar contra l’església.

Julián Prévost

Los pesados cortinajes matizaban la luz del gran salón en el piso señorial de la familia Prévost. La araña de cristal y latón cubría con una pátina amarillenta los tapices y los retratos de las paredes. Un gran espejo enmarcado en caoba presidía la estancia, con su aparador a juego.Padre, madre e hijo se encontraban reunidos en medio de una discusión acalorada que se avecinaba desde hacía semanas, como una tempestad ineludible. -¡Tu obligación es ponerte al frente de la fábrica, como tu abuelo y como yo, que hemos dado todo para poner nuestro nombre dónde le corresponde y olvidarte de quimeras bohemias que arruinarán tu vida y el honor de nuestra familia!-  gritaba el padre, la papada temblando sobre el alzacuellos almidonado. La madre iba a interponerse, pero aquel la fulminó con una mirada amenazante. Julián dió media vuelta sin decir palabra, recogió su caja de pinturas, su caballete manchado y una bolsa de viaje y se marchó, dejando una escena congelada.

En la penumbra del salón, Julián fumaba pensativo, mientras su amante acababa de vestirse en una pequeña habitación del piso que la familia mantenía cerrado desde la muerte de su abuelo en 1970. Todo era decrepitud en ese principal del Paseo de Gracia, las ajadas cortinas, el polvo sobre los muebles isabelinos y  aquel olor a rancio, que no le resultaba desagradable del todo.

A sus veintiún años  se debatía entre seguir el deseo de sus padres de que terminara sus estudios de arquitectura  o dedicarse plenamente a escribir, que era lo que le apasionaba y le robaba el tiempo que no pasaba con sus amistades o con sus amantes. Ya había publicado dos novelas cortas con relativo éxito y estaba trabajando en algunas ideas que la editorial esperaba con avidez, lo que le permitía plantearse su futuro, libre de la dependencia de las sustanciosas ganancias que proporcionaría la venta de los lienzos de su abuelo que aún quedaban en el gran piso donde su padre los almacenaba.

Cuando su amante se fue, Julián volvió al salón dispuesto a no aplazar más una decisión que debía marcar su vida para siempre. Solo, ante el gran espejo desconchado, tras las volutas azules de un cigarrillo negro, el viejo cristal le devolvió la imagen de un joven Julián Prévost, las manos y el traje manchados de pintura, que indiferente a la diatriba de su padre, cogía el portante y abandonaba la estancia.

La imagen fue difuminándose tras el humo del tabaco y entre las grietas del espejo, al tiempo que Julián Prévost aferraba su cuaderno de notas y abandonaba decidido el piso familiar con la claridad que aún se reflejaba sobre el entarimado.

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Versió de 165 paraules per a http://palabraobligada.wordpress.com/
En el salón de los Prévost, Julián escuchaba a su padre –¡Tu obligación es dirigir la fábrica y olvidarte de quimeras que arruinarán tu vida y nuestro honor!–  que le gritaba, la papada temblando sobre el alzacuellos almidonado. El joven recogió sus pinturas y se marchó en silencio, dejando la escena congelada en el reflejo amarillento del espejo enmarcado en caoba.

Cuando su amante se marchó, Julià Prévost se sentó en la estancia decrépita. No podía aplazar la decisión, terminar arquitectura como querían sus padres o seguir escribiendo, su verdadera pasión y a la que dedicaba, todo su tiempo. Tras las volutas del tabaco, el cristal desconchado le devolvió la imagen de un joven Julián Prévost, el traje manchado de pintura, que tras enfrentarse a su padre, dejaba la casa con actitud decidida. La imagen se difuminó entre las grietas del espejo, i Julià Prévost abandonó el antiguo piso familiar, aferrando su cuaderno de notas, con la claridad que se reflejaba sobre el entarimado.

Poeta del insomnio

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Foto: Dara Scully

No puedo conciliar el sueño
con este calor sofocante
que germina una palabra
como una semilla transgénica.

Soy de esas poetas del insomnio,
preñada de trovas somnolientas,
latidos desbocados entre estrofas,
mientras la pluma dirige mi mano.

Sólo leo lo que el papel me muestra,
como un mapa que no entiendo,
me detengo en la angustia
del vacío de los verbos.

Enseguida mi pluma descubre un sendero
que baja entre suspiros,
aliento contenido entre los versos,
y se arrellana en un prado sustantivo.

Allí me encuentro durmiendo,
sobre frases ondulantes,
leves espasmos recorren mi cuerpo
a la sombra de un poema semiautomático.

Selfie

Agafa el mòbil amb la mà bona, la que no tremola tant i estira el braç tot lo que li permet l’artrosi.
Enfoca la seva cara i també ha de sortir el fons, es retorça amb un grinyol de la cintura i amb un dit a les palpentes tocant la pantalla, dispara l’obturador.

Oh, si no es veu cap rostre! i a sobre una ombra borrosa tapa el paisatge.

Però tant hi fa, gairebé sempre les altres encara surten pitjor que la primera.

Li posarà el geolocalitzador i tothom al facebook sabrà que el Comte Dràcula s’acaba de llevar del taüt.

nosferatu
oldhollywood.tumblr.com

Azul cian

La pluma está rota.
La tinta, derramada en el hule, es una mancha iridiscente.
Su contorno perlado avanza despacio hacia el papel
y en sus fibras dibuja lineas azules con rapidez.
Debería interpretarlo, pero sólo veo cien poemas que ya no escribiré.

 

ink
drycleaningtips.com

Vida de Amapola Garrido

Amapola Garrido no estaba loca. Puede que un poco zumbada, pero loca no. No más que cualquier zumbado en esta esquizofrénica ciudad amable y traidora que es Barcelona.
Amapola Garrido trabajaba de conserje en una oficina municipal y no tenía amigos y si alguna vez había tenido le habían durado poco.
Amapola Garrido no era friki, pero observava su entorno y con los datos que seleccionaba amasaba un bolo que luego fermentaba exuberante entre sus neuronas decoloradas.
Amapola Garrido rondaba la cuarentena y era flaca. No era fea pero sus arrugas y su pelo lacio y deshilachado estorbaban bastante a su escasa hermosura. Vestía pizpireta y toda su ropa, que compraba en el Carrefour, sobre sus huesos adquiría una gracia que desconcertaba a sus compañeras de trabajo.
Amapola Garrido salía a desayunar a media mañana sus 20 minutos de convenio. En el bar de la esquina siempre se sentaba a la misma mesa y si estaba ocupada, se largaba contrariada a dar vueltas a la manzana hasta que Jacinto el del bar conseguía desalojar la mesa. No es que la apreciara lo más mínimo, en 12 años no habían intercambiado más que tres palabras “un, café, euro” porque si Jacinto había pronunciado otras, no obtuvieron respuesta, pero un cliente es un cliente y cuesta más conservar a uno que conseguir uno nuevo, de modo que según este oxidado principio comercial, más de una vez que no había estado al quite, el hombre había tenido que rogar compungido a algún cliente que trasladara su bocadillo de tortilla a la francesa y anchoas, su vaso, el vino y el sifón y toda su impedimenta a otra mesa, para que Su clienta pudiera tomarse su café, sin azúcar, aunque como secreta venganza Jacinto no hubiera dejado de ponerle siempre el sobrecito en el platillo.
Amapola Garrido hojeaba la prensa con evidente desinterés, que con su aire ausente, daba la impresión que pasaba las hojas del diario más para darse aire que para cambiar de página y al final, tomaba de un sorbo el café, se acercaba a la barra y con un leve arqueo de sus labios finos y resecos hacia Jacinto, que este tomaba invariablemente por un cuánto es, dejaba la moneda de a euro delicadamente sobre el mármol al tiempo que el otro pronunciaba su frase en ese teatro del absurdo: “un euro”.
Amapola Garrido era cumplidora en el trabajo. Siempre dispuesta a echar una mano si ello no sobresalía del horario laboral o se adentraba en su vida privada y era correcta y hasta amable con los usuarios que a menudo le preguntaban chorradas y obviedades. Pero nadie en la delegación sabía de ella nada más que su nombre y apellido pues nunca había confraternizado ni participaba de cenas ni eventos paralaborales. Su tiempo era demasiado valioso para desperdiciarlo con esos cenutrios, aunque no le hubiera importado tener un aparte con alguna de ellas o alguno de ellos, pero cuando se juntaban parecía como si sus gilipolleces convergieran en un nodo grupal, una estulticia común identitaria que la rechazaba a ella como un deflector antiprotones del crucero estelar Enterprise.
Amapola Garrido vivía en un piso antiguo de altos techos en el anodino “eixample” barcelonés. Conocía a casi todo el vecindario y tenía buen rollo con todo el mundo y hasta cierta relación con su vecina de rellano y su perrita Haruki a la que no le había importado tener en alguna ocasión en su casa si la vecina se lo pedía, aunque ello desbaratara sus planes. Se llevaban bien. Haruki y Amapola se entendían a la perfección y la perra adoraba aquellos ratos junto al balcón en que Amapola le recitaba sus poemas y apreciaba con la mirada perdida en los desconchados de las contraventanas las inflexiones de su voz de pito y la irregular profundidad de sus sentimientos. Entonces Haruki salía al balcón y llenaba sus pequeños pulmones de CO2 mientras reflexionaba sobre el valor de la amistad y qué habría dado de cuanto le pertenecía para poder expresarse como su amiga.
Amapola Garrido escribía poesías y algunos relatos que atiborraban varias carpetas de esas viejas de cartón marrón o azules, con las gomas pasadas forradas de tela, que se desintegraban al tacto, en roñas o en polvillo, según el sudor de las manos que las trajinasen. Porque Amapola Garrido escribía sobre cualquier papel que tuviera a mano y eso no condicionaba para nada su obra. Narraciones fantásticas sobre una receta de la Seguridad Social, góticos versos de amor en el ticket del super, sesudas elucubraciones sociales en papel higiénico. Tal era su determinación y la abstracción de que era capaz si estaba en vena creadora. Y todo ello atesorado sin ningún orden reconocible en aquellos cartapacios. Pero Amapola Garrido, en su peculiar idiosincrasia, no era una persona absolutamente aislada y no siendo nada expansiva, sentía la pulsión de ofrecer a la mirada ajena sus vergüenzas literarias, más allá de los ojos acuosos de la perra de la vecina. Y había descubierto como hacerlo sin exponer su identidad al escrutinio general.
Amapola Garrido era asidua al Media Markt, aunque toda su relación con la electrónica de consumo era un baqueteado movil de primera generación que solo servía para hablar, con alguien claro, gastado de tanto andar dándose viajes contra las llaves dentro del bolso y un bonito equipo de música compacto con muchos botones que nunca habían sido pulsados, salvo el de on/off i la ruedecita del volumen, porque Amapola Garrido encendía la radio de vez en cuando, y no es que la escuchara, aunque la oía, porque de haberlo hecho seguramente la habría apagado al instante.
Iba al Media Markt con el secreto propósito de escribir, pero no para sus adentros, sino para sus afueras, exorcisando sus misterios en las memorias de las tablets de exposición que se alineaban en unos largos pupitres al fondo del establecimiento. Las descubrió hace un año, cuando fue a por pilas para el despertador y se entretuvo dando una vuelta por los pasillos abigarrados de objetos indescifrables. Cuando las vió, se quedó pasmada ante la pulcritud de aquellos ingenios y le arrebató el intuir que tras la sencillez aparente de sus formas se agazapaba la satisfacción del deseo imperfecto de publicar sus desvaríos. Intuitivamente puso un dedo milagroso sobre la pantalla capacitiva de diez pulgadas y esta se retroiluminó, lo que le pareció una señal de reconocimiento como cuando Haruki ponía los ojillos en blanco. Luego, el icono de una libretita con lápiz la condujo al paraíso de la autoedición de bolsillo y entonces empezó a digitar sobre el teclado virtual su poesía semiautomática. La guardó en la memoria de la tablet y al pulsar “aceptar” le invadió un irrefrenable deseo de entregarse, ni físico ni emocional, sino las dos cosas a la vez y desde muy adentro, como una gran ovulación.
Y así fué como Amapola Garrido empezó a frecuentar el Media Markt, al principio uno o dos días por semana, luego más a menudo hasta que tuvo que contenerse porque ni en una vida laboral podría gastar todas las pilas AA que había comprado en todas sus visitas y que acumulaba junto a sus carpetas en el armario. Ella sabía que alguna de aquellas tablets con sus archivos habían sido vendidas y sustituidas por otras en blanco, pero ignoraba si sus escritos seguirían en ellas o habrían sido eliminados por algún empleado o por el propietario del aparato. No le importaba, aquellos versos ya no le pertenecían, los había parido sin dolor y sin amor, felizmente bajo la luz de los fluorescentes y los había lanzado a una vida aleatoria y anónima, que era más de lo que podía pedir para su propia existencia.
Fue una mañana sentada en el bar del Jacinto, mientras se abanicaba pasando las hojas del suplemento de letras del País, cuando atrapó al vuelo unas palabras que la paralizaron. Fijó la mirada en aquellos versos que sabía suyos y que por eso no le interesaban en absoluto pero se quedó tan sorprendida con el artículo que los acompañaba que para leerlo tuvo que tomarse el café antes y pedirse otro. Jacinto flipaba. El comentario venía a decir lo evidente sobre la procedencia del poema y perogrulladas aparte, establecía un paralelismo que a Amapola Garrido no le resultó del todo incómodo. Se trataba de una ilustración con la pintada callejera de grafitero con quien la comparaban y hasta se hubiera sentido halagada si eso cupiese entre la estrechez de sus emociones porque le gustó verse a sí misma un poco como el tal Banksy, aquel artista misterioso que no daba a su obra más valor que a su pensamiento y que permanecía en las sombras para escapar de la especulación carroñera de los mismos a los que criticaba en sus pasquines.
banksy
Banksy

T-301

Vaig en bici per la T-301 acabada d’asfaltar.
Amb les meves cames de suro no trobo la cadència, pedalo quadrat però m’abstrec de qualsevol pensament perquè vull regir al menys, el manillar de la meva bicicleta aquest matí.

Segueixo traçant suaument aquesta línia fina entre el riu i el canal
gràcies a l’oxigen que aleno amb dificultat, preciós regal del bosc de ribera.

Pujant el Coll, les pulsacions es volen desbocar,
corones amunt i respiracions profundes, controlo el dolor en aquest Tourmalet particular,
per sort avui totes les sargantanes han vingut a animar-me.

Ni baixant vaig còmode, quatre pedalades potents per agafar velocitat
són quatre voltes de torniquet a tots els músculs del cos,
però aigua avall, em deixo lliscar per les revoltes i m’omplo de tot l’aire que puc abastar.

Les cases dels horts exposen caixes de préssecs a l’entrador del caminal
i em pregunto perquè no hi posen algú que llenci fruita sucosa i dolça als ciclistes defallits.

Volto al final del poble i me’n torno pel mateix camí.
La marinada avui és un mur infranquejable, m’acoplo a la màquina
i com un pistard fent l’americana amb les flors de baladre i el pericó,
vaig guanyant metres cap a la meta d’aquesta clàssica.

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Picnic a South Beach

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bonhams.com

El menjador de casa dels Sloan es feia petit per tots quatre, però era un gran plaer tenir a casa els seus amics Linda i Robert Henri, que es quedaven a passar la nit després del dia de platja tan fantàstic a South Beach.

Aquell matí, havien quedat a les vuit a l’estació del transbordador del West Side, amb els Henri, la Flossie i l’Everett Shinn, en William Glackens i el George Lucks.  Tots a prop de la quarantena, s’havien conegut aquell any i per això es van anomenar el “grup dels vuit” i compartien una sòlida formació artística i una forta consciència social.

La travessia amb el transbordador formava part de la diversió, si les aigües de la badia del Hudson ho permetien. Els diumenges d’estiu com aquell, una orquestrina animava els gairebé noranta minuts que durava el viatge de 10 milles fins a les platges de Staten Island i els venedors de menjar, begudes i tabac proclamaven inútilment els seus productes entre el passatge de classe treballadora, perquè tothom anava ben proveït de queviures per passar el dia.

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railroadpostcards.blogspot.com

La jornada a South Beach havia estat molt divertida, menjant, bevent i rient en la confiança i la despreocupació de la camaraderia. John no havia pres ni un apunt a llapis, com era habitual en ell, però en la seva retina havia quedat gravada aquella imatge de felicitat i unes notes escrites en un bloc, li servien ara per començar a esbossar meticulosament el llenç.

L’Illa artificial de Hoffman, on s’hi amuntegaven els immigrants en quarantena, la gràcia amb que la Dolly s’arreglava el barret, la mainadera amb el nen, els jugadors de pilota… no podia sostreure’s al desig de formar part d’aquella escena i es va dibuixar ajagut sobre la sorra vora l’aigua, com un observador accidental. Ho feia amb traços curosos, lents, plasmant els detalls que comunicaven el batec de la realitat, de la gent corrent que ell pintava. Perquè creia, com els seus amics, que l’art no es pot separar de la vida.

Repassava meticulosament els gestos d’aquells personatges tan propers i el rostre de la seva estimada Dolly jugant i rient a la platja i alhora pensava com havia canviat aquella noia amb la que portaven set anys casats i a qui havia conegut en feia nou en un bordell, on ella es prostituïa per arrodonir el miserable sou del magatzem on treballava. S’havien enamorat i s’estimaven incondicionalment des d’aleshores. Ella des de la seva personalitat extrovertida i lúcida, colpida per la xacra d’un alcoholisme que no acabava de superar. Ell des del seu caràcter introspectiu i calmat, amb un amor i una paciència infinits per ajudar-la a deslliurar-se de la seva addicció.

Per consell del doctor Humboldt, en John portava un diari on escrivia els seus sentiments vers ella, els avenços que observava en el seu caràcter i en les seves actituds quotidianes, amb l’esperança que ella el llegís secretament algun dia i que això li refermés l’autoestima. L’actualitzava diàriament i hi esmerçava tanta passió que havia arribat a oblidar el motiu de portar aquell diari.

Mentre seguia esbossant sobre la tela, buscava les paraules que millor descriurien aquell diumenge  i com expressaria la joia de veure la seva Dolly brillant sota el cel trencat de la badia baixa de Nova York. Però hauria d’esperar fins l’endemà, que podria fingir treballar en els mots encreuats del Philadelphia Press o en algun encàrrec d’il•lustracions, per abocar els seus sentiments sobre un paper que ella havia arribat a conèixer tant bé com a ell i la seva incapacitat per expressar-los obertament.

 

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John F. Sloan, Banyistes a South Beach, 1907/1908
http://relatsconjunts.blogspot.com