Julián Prévost

Los pesados cortinajes matizaban la luz del gran salón en el piso señorial de la familia Prévost. La araña de cristal y latón cubría con una pátina amarillenta los tapices y los retratos de las paredes. Un gran espejo enmarcado en caoba presidía la estancia, con su aparador a juego.Padre, madre e hijo se encontraban reunidos en medio de una discusión acalorada que se avecinaba desde hacía semanas, como una tempestad ineludible. -¡Tu obligación es ponerte al frente de la fábrica, como tu abuelo y como yo, que hemos dado todo para poner nuestro nombre dónde le corresponde y olvidarte de quimeras bohemias que arruinarán tu vida y el honor de nuestra familia!-  gritaba el padre, la papada temblando sobre el alzacuellos almidonado. La madre iba a interponerse, pero aquel la fulminó con una mirada amenazante. Julián dió media vuelta sin decir palabra, recogió su caja de pinturas, su caballete manchado y una bolsa de viaje y se marchó, dejando una escena congelada.

En la penumbra del salón, Julián fumaba pensativo, mientras su amante acababa de vestirse en una pequeña habitación del piso que la familia mantenía cerrado desde la muerte de su abuelo en 1970. Todo era decrepitud en ese principal del Paseo de Gracia, las ajadas cortinas, el polvo sobre los muebles isabelinos y  aquel olor a rancio, que no le resultaba desagradable del todo.

A sus veintiún años  se debatía entre seguir el deseo de sus padres de que terminara sus estudios de arquitectura  o dedicarse plenamente a escribir, que era lo que le apasionaba y le robaba el tiempo que no pasaba con sus amistades o con sus amantes. Ya había publicado dos novelas cortas con relativo éxito y estaba trabajando en algunas ideas que la editorial esperaba con avidez, lo que le permitía plantearse su futuro, libre de la dependencia de las sustanciosas ganancias que proporcionaría la venta de los lienzos de su abuelo que aún quedaban en el gran piso donde su padre los almacenaba.

Cuando su amante se fue, Julián volvió al salón dispuesto a no aplazar más una decisión que debía marcar su vida para siempre. Solo, ante el gran espejo desconchado, tras las volutas azules de un cigarrillo negro, el viejo cristal le devolvió la imagen de un joven Julián Prévost, las manos y el traje manchados de pintura, que indiferente a la diatriba de su padre, cogía el portante y abandonaba la estancia.

La imagen fue difuminándose tras el humo del tabaco y entre las grietas del espejo, al tiempo que Julián Prévost aferraba su cuaderno de notas y abandonaba decidido el piso familiar con la claridad que aún se reflejaba sobre el entarimado.

prevost
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En el salón de los Prévost, Julián escuchaba a su padre –¡Tu obligación es dirigir la fábrica y olvidarte de quimeras que arruinarán tu vida y nuestro honor!–  que le gritaba, la papada temblando sobre el alzacuellos almidonado. El joven recogió sus pinturas y se marchó en silencio, dejando la escena congelada en el reflejo amarillento del espejo enmarcado en caoba.

Cuando su amante se marchó, Julià Prévost se sentó en la estancia decrépita. No podía aplazar la decisión, terminar arquitectura como querían sus padres o seguir escribiendo, su verdadera pasión y a la que dedicaba, todo su tiempo. Tras las volutas del tabaco, el cristal desconchado le devolvió la imagen de un joven Julián Prévost, el traje manchado de pintura, que tras enfrentarse a su padre, dejaba la casa con actitud decidida. La imagen se difuminó entre las grietas del espejo, i Julià Prévost abandonó el antiguo piso familiar, aferrando su cuaderno de notas, con la claridad que se reflejaba sobre el entarimado.
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