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Dues maragdes
en un fermall d’or vermell,
són els teus ulls.
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Trenca la galvana
de bon dematí manyana
lo siurell de l’esmolet.
Refilet de cadernera
en l’aire de primavera
per n’aquells carrers estrets.
Embolica els ganivets
amb lo paper de diari
i afanya’t que no se’n vagi!
Amb la seva bicicleta,
factoria ambulant de la postguerra,
volta la mola a cop de pedal.
Lo frec precís de la fulla
deixa tan lluent lo tall,
que secciona la boira del temps i l’espai.
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Feia gairebé trenta anys que no posava el peus al seu poble, una petita ciutat
anclada en els seus pòsits.
Li fa gràcia recordar els trajectes de la seva infantesa, ara empetitits i
decrèpits als seus ulls cosmopolites.
Pel carrer d’anar al col·legi, descobreix en la planxa de zinc d’una porta vella, el
seu nom, amb els d’unes xiquetes que se’l rifaven, escrits en retolador. Una
cascada de records es materialitza en una llàgrima i un somriure sorneguer al seu
rostre.
El Daniel agafa fort la mà del seu company i aquest li torna una rialla càlida de profunda complicitat.
Podem agafar la barca amb la llum de l’horabaixa
i navegar rumb al sud, a la Punta de la Banya.
Sense girar la mirada sabrem que els raigs del Sol
faran d’or la nostra l’estela.
Serem dos amants pirates descalces per la coberta.
Els nostres peus enllaçats governaran la canya
i trenarem les nostres mans quan arriarem la vela.
Fondejarem al paire i vestirem la nostra nuesa amb les algues,
capbussarem la bogeria a l’aigua freda, dansant en una abraçada fins al fons.
Després tornarem a port, embolcallades d’amor,
els ulls plorosos de sal, passarem fregant les pedres del moll
i el vell far ens picarà l’ullet quan ens veurà.
Los pesados cortinajes matizaban la luz del gran salón en el piso señorial de la familia Prévost. La araña de cristal y latón cubría con una pátina amarillenta los tapices y los retratos de las paredes. Un gran espejo enmarcado en caoba presidía la estancia, con su aparador a juego.Padre, madre e hijo se encontraban reunidos en medio de una discusión acalorada que se avecinaba desde hacía semanas, como una tempestad ineludible. -¡Tu obligación es ponerte al frente de la fábrica, como tu abuelo y como yo, que hemos dado todo para poner nuestro nombre dónde le corresponde y olvidarte de quimeras bohemias que arruinarán tu vida y el honor de nuestra familia!- gritaba el padre, la papada temblando sobre el alzacuellos almidonado. La madre iba a interponerse, pero aquel la fulminó con una mirada amenazante. Julián dió media vuelta sin decir palabra, recogió su caja de pinturas, su caballete manchado y una bolsa de viaje y se marchó, dejando una escena congelada.
En la penumbra del salón, Julián fumaba pensativo, mientras su amante acababa de vestirse en una pequeña habitación del piso que la familia mantenía cerrado desde la muerte de su abuelo en 1970. Todo era decrepitud en ese principal del Paseo de Gracia, las ajadas cortinas, el polvo sobre los muebles isabelinos y aquel olor a rancio, que no le resultaba desagradable del todo.
A sus veintiún años se debatía entre seguir el deseo de sus padres de que terminara sus estudios de arquitectura o dedicarse plenamente a escribir, que era lo que le apasionaba y le robaba el tiempo que no pasaba con sus amistades o con sus amantes. Ya había publicado dos novelas cortas con relativo éxito y estaba trabajando en algunas ideas que la editorial esperaba con avidez, lo que le permitía plantearse su futuro, libre de la dependencia de las sustanciosas ganancias que proporcionaría la venta de los lienzos de su abuelo que aún quedaban en el gran piso donde su padre los almacenaba.
Cuando su amante se fue, Julián volvió al salón dispuesto a no aplazar más una decisión que debía marcar su vida para siempre. Solo, ante el gran espejo desconchado, tras las volutas azules de un cigarrillo negro, el viejo cristal le devolvió la imagen de un joven Julián Prévost, las manos y el traje manchados de pintura, que indiferente a la diatriba de su padre, cogía el portante y abandonaba la estancia.
La imagen fue difuminándose tras el humo del tabaco y entre las grietas del espejo, al tiempo que Julián Prévost aferraba su cuaderno de notas y abandonaba decidido el piso familiar con la claridad que aún se reflejaba sobre el entarimado.
Les onades trenquen contra el rocar
i deixen bassetes d’aigua entre les pedres,
l’olor d’algues perfuma l’aire.
Una cranca resta impàvida a l’escuma que l’esquitxa.
La garbinada arrenca cristalls de sal i d’arena
de la crosta roenta de la platja.
La cranca s’arrecera de les fiblades
en una duna, entre les soses.
La bandera d’este país du trossos de l’arrossal,
de la muntanya i la mar i núvols de vent de dalt.
La cranca ha parat de barrinar
i s’embriaga amb l’aroma de l’arròs madur.
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